Ayer, comprometido contra ETA; hoy, lúdico

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texto LORENZO RODRÍGUEZ GARRIDO  foto ASÍS. G. AYERBE

Raúl Guerra Garrido publica la novela póstuma que no lo fue: “Demolición” (Alianza).

Casi en la cúspide del triángulo que forma la plaza de Chamberí con la glorieta de Bilbao y Alonso Martínez, nos recibe una biografía de más de ochenta años y unos cuarenta libros publicados. Su aspecto serio, leñoso, fordiano, aunque algo más delgado que la última vez que lo entrevisté, hará ya cuatro o cinco años, apenas logra ocultar a un hombre cordial, lleno de afecto, que propende a una continua y juguetona sonrisa. Según nos confiesa (me acompaña Raúl Muñoz, jefe de prensa de Alianza, la editorial que más decididamente viene apostando por la obra de nuestro autor), aquí se refugia todas las tardes para fumarse un puro y ver deshacerse el tiempo. No le hagan caso. Acaba de sacar novela y ya está preparando otra.

 

Un gesto que nos redima

Demolición es la última novela de Raúl Guerra Garrido (Madrid, 1935). Protagonizada por Jesús Expósito (¡atentos al nombre!), un anciano escultor que, al término de su vida, se dispone a preparar su último y gran espectáculo: "Expósito es un modelo de artista que podría coincidir con algunos amigos míos. Quizá se ha quedado a medio camino y hacia el final de su vida se dice: 'Pues sí, pues voy a ver si llego a la meta'. Un poco como pasa en La soledad del corredor de fondo, pero aquí con la intención de ganar, no de dejarse ganar. A él le pasa lo que a mí. Yo tengo un gran prestigio clandestino. Él tiene un fracaso íntimo: es un artista puro, aunque no muy dotado. Me venía bien que fuera un escultor y no un escritor porque en la novela hay una aproximación a la abstracción y a lo virtual. En el arte contemporáneo hay muchas chorradas. Demolición funciona como una muñeca rusa, un juego de espejos paralelos donde se van dando muchas circunstancias que vienen acumuladas por circunstancias suyas personales. Es una corriente, una especie de monólogo interior. Expósito fue abandonado en la puerta de una carpintería, aunque él piensa que fue engendrado por generación espontánea, como un filósofo andalusí del siglo XII o XIII. Se considera el único superviviente de la era analógica y, por tanto, resucitar sería para él un cierre espectacular. ¿Y qué pasa con su hija, qué pasa con su mujer? También tiene una añoranza de amor; y siempre ese complejo de que no va a triunfar en la vida, ni en lo social ni en lo económico. Él busca un gesto que pueda redimirlo de toda una vida. Un gesto torero puede valer por toda la faena. Yo hace ya dos o tres años que me di cuenta de que era viejo. Es facilísimo enterarse: entras en el metro y alguien te cede el asiento. Es un momento que marca una biografía".

 

Demolición

"No cabe duda de que la vida es una continua demolición. La fuerza estética de lo arruinado, de la demolición es incomparable. Un barco derruido es una cosa que me entusiasma. Tiene una estética muy fuerte. Si se disponen a derruir un edificio, la gente acude a verlo como si fueran a los toros. Es una cosa espectacular. Un pueblo en ruinas, un pueblo abandonado tiene mucha fuerza expresiva. El título lo tenía pensado desde hacía mucho tiempo. Antes de saber de qué iba el libro, ya sabía que iba a escribirlo". Hablamos de este título y de otros. Para mí, Guerra Garrido es uno de los autores españoles que más bella y atinadamente titulan: La soledad del ángel del guarda, El otoño siempre hiere, Quien sueña novela… "A veces se me ocurre el título antes y otras veces después. Con La Gran Vía es New York estuve dudando hasta el último momento… Alguna vez he propuesto que se hiciera una historia universal de la literatura utilizando sólo los títulos para ver qué sale de ahí".

               

Autobiografía no autorizada

Desde Cacereño (1970), su ópera prima, para muchos la última novela del realismo social, la obra del escritor madrileño se ha caracterizado por una constante búsqueda de riesgo formal. Una inclinación por el juego, por la experimentación, que se ha visto acrecentada en los últimos años: "Aquí quería jugar un poco como Max Aub con su personaje Campalans. Siempre me ha gustado jugar con ese tipo de cosas. Sí, siempre hay un riesgo formal, quizá menos en las referidas al País Vasco, donde el discurso ético no me permite juegos de palabras ni metáforas más o menos barrocas. Pero siempre me ha gustado añadir algo. Yo he sido el inventor del punto inicial. Hay puntos suspensivos, hay un punto y aparte, pero en Quien sueña novela aparece el punto inicial; siempre todos sus párrafos se inician con un punto inicial. Es un juego que no es baladí. Va imbricado al espíritu, al ámbito donde se desarrolla la acción. Yo he sido de argumentos, a mí siempre me ha gustado tener un argumento, bien es verdad que en estas últimas me he desmelenado más, me he exigido argumentos no más frágiles, pero sí más cortos, más breves. En realidad, mis últimas novelas podrían ser novelas cortas. Mientras que las primeras, yo qué sé… Lectura insólita de El Capital es una novela larga que de hacerla Norman Mailer hubiera tenido 2.000 páginas o La mar es mala mujer podría haber sido la saga infinita sobre la mar. Sin embargo, estas últimas intento sostenerlas a base de juegos literarios. Con esta última estoy muy contento. Es verdad que es como un objeto juguetón. Yo amaba mucho el teatro. ¿Por qué no he hecho teatro? Porque en el teatro tienes que convencer hasta al acomodador. Aquí solo hay que convencer al editor. Es la primera vez en mi vida que me he escrito una contraportada, y es como el inicio de la novela, que se remata con el apéndice final de la bibliografía… Es un juego literario que revela verdades muy trascendentes. Hay una frase de Baroja que a mí siempre me entusiasmó: 'La preocupación por la estética es el principio de debilidad' o algo así. Pues a lo mejor tiene razón. Era mi gran discusión con Paco [Umbral] cuando nos conocimos de jovencitos, los dos con nuestra primera novela. Paco decía que él no necesitaba argumento. Y yo al principio no me permitía salir del carril y ahora ya sí. Como te habrás dado cuenta, yo sé explicar fatal la novela, pero creo que sí plantea pensamientos y reflexiones sobre la vida y la muerte. Es una autobiografía no autorizada. La cita que abre el libro también es apócrifa, claro: 'El hombre nace para la derrota'. Eso es terrible. Y según se va acercando el final te das cuenta de que eso es así y de que hay que tener dignidad para asumir esa derrota. Los derrotados siempre dan muchísimo más juego literario que los vencedores".

 

La literatura sobre ETA

"El otoño siempre hiere es para mí una novela muy entrañable y al mismo tiempo es una coña marinera porque todos los disparates que ocurren en el velatorio son anécdotas de mis primos. Y con relación al País Vasco, Lectura insólita de El Capital es un título muy sólido, pienso yo, hay muchas cosas ahí metidas, y ya metidos a tajo con el terrorismo hay una novela que es La carta que una editorial en los años 1990 no se atrevió a publicar. En ella tampoco me permití muchas alegrías porque quería contar lo que era, y sabía que nos íbamos a arriesgar mucho. Mi primera lectora como siempre fue Maite [su mujer] y yo le dije: 'Si te atreves la publicamos, si no pues la quemo ahora mismo'. Entonces aún vivíamos en San Sebastián". Hablamos de Fernando Aramburu, quien en varias ocasiones ha elogiado públicamente al autor, y del enorme éxito de Patria: "Conozco a Fernandito desde que empezaba. Todos ellos [se refiere al grupo surrealista Cloc, formado por Francisco Javier Irazoki, Álvaro Bermejo y el propio Aramburu] escribían como los ángeles y eran muy divertidos. Yo siempre pensaba que nos colaban algún texto ajeno. En un premio de poesía, consiguieron que Pablo Neruda quedara segundo. Aunque me cuesta mucho leer cosas sobre ETA, he leído Patria. Fernando es un tipo estupendo y eso lo ha hecho muy bien. El otro día en internet encontré un diálogo de dos tipos que chateaban y decían: 'Ahora con Patria se ha puesto muy de moda hablar de ETA, como esa cosa de Lectura insólita de El Capital'. ¡Hombre, esa novela es del 76! Fue el primer Nadal después de Franco. Algunos decían que era una novela oportunista, pero cómo iba a serlo, si tardé dos años y pico en hacerla. Sí recuerdo que entre los finalistas había títulos muy divertidos. Había uno que decía Yo también maté a Franco y me alegro. Ahora se hace un poco toreo de salón, pero cuando se hizo La pelota vasca, ese documental para mí infame, Medem me llamó y lo primero que le pregunté fue: '¿Estás dispuesto a jugarte la vida con el documental?'. 'No, va a ser una cosa muy neutral…'. Y yo le dije: 'Olvídame'. Yo no creía que me estuviera jugando la vida hasta que mataron a José Luis [Lopéz de Lacalle]. La policía nos dijo que podía haberle pasado a cualquiera de la cuadrilla que estábamos en el Foro Ermua y después en Basta ya. Eran palabras mayores. Qué neutralidad ni qué historias". Varias veces atentaron contra su farmacia, pero de eso prefiere no hablar: "Me pongo de muy mala leche". Escribir sobre ETA, además, le produjo algún que otro disgusto con las autoridades: "Cuando publiqué Con tortura [1968], mi primer cuento, alguien en comisaría me preguntó si yo pertenecía a una de esas bandas que iban poniendo bombas. La tortura era un tema muy sensible en el anterior régimen. En Cacereño ya me censuraron un 'Gora ETA'. Y en algunos artículos también me han censurado. Ahora hay otro tipo de censura: la económica. A mí me han censurado en Cambio 16 y en El País, y no tenía nada que ver con la política".

 

Coqueteo con el noir

"Escrito en un dólar me enteré de que era una novela negra después de escribirla. En La costumbre de morir me apetecía poner de manifiesto una cosa que afortunadamente no se ha producido: la venganza. Yo nunca he entendido cómo no ha habido venganza en el País Vasco. Y eso habla mucho de la enorme tolerancia de una España que, además, viene de la intolerancia inquisitorial. Herri Batasuna ha hecho dos campañas por toda España para las europeas, y no ha tenido ni el más mínimo accidente en ningún lugar: ni en ningún pueblo de Extremadura donde había guardias civiles asesinados por ellos, ni en Andalucía… El síndrome de Scott es otra novela negra. Me costó muchísimo escribirla. Es una novela como esa de Agatha Christie donde asesinan a alguien en una habitación cerrada, pero en este caso la habitación es la Antártida entera. Me costó horrores. Esa novela me la iban a traducir y al final no fue posible. No he tenido yo suerte con las traducciones".

 

Ya no es ayer, mañana no ha llegado

 

"Yo siempre decía que Demolición sería una novela póstuma, lo que pasa que como me estoy retrasando pues se ha publicado antes. Ahora estoy pergeñando una tontería: un bestiario urbano. Estoy escribiendo una serie de relatitos cortos que de momento me entretienen. Lo que me desfallece, para lo que ya no tengo fuerzas, es para hacer un constructo sólido como Lectura insólita o La carta, eso me supone demasiado esfuerzo. Además escribo a mano y cada vez hago la letra más pequeña. Luego me cuesta mucho entenderla. Si no sirves para otra cosa pues qué vas a hacer sino escribir. Yo tenía muy seguro que iba a terminar escribiendo novelas. Eso lo sabía desde crío. Siempre he escrito, pero sin prisas, no tenía ninguna por empezar. Yo empecé como diez años más tarde que el resto de mi generación. Siempre he vivido un poco al margen del mundillo literario. Ahora ya releo mucho. Para escribir el ensayito sobre Baroja [Un morroi chino con un higo en la coleta. Colección Baroja & Yo] he vuelto a leer un montón de novelas de don Pío, con las que me lo he pasado muy bien. He vuelto a La isla del tesoro, que me tuvo toda la noche en vela. ¡Qué bien está! Hay cosas que te siguen sorprendiendo. Yo pasé de Salgari a Verne y de Verne a Baroja y de Baroja a Kafka. Y, después, a toda la generación perdida americana. A mí Hemingway me sigue gustando mucho. Sus diálogos son espectaculares. La náusea de Sartre también me impactó. Y Vargas Llosa y García Márquez fueron deslumbrantes. Para mí, la estructura de la novela ha sido una obsesión. Es algo en lo que me he esforzado mucho. Estas últimas novelas no me han exigido tanto, son más cómodas, no hay que pelear tanto. En fin, a veces no me explico cómo he podido escribir tanto. Ay, dios mío".