Guillermo Busutil: “La cultura nunca ha sido un caballo electoral”

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El periodista Guillermo Busutil reúne sus crónicas y miradas en “La cultura, querido Robinson” (Fórcola)

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Foto: ANTONIO CEPEDA

 

Guillermo Busutil lleva cerca de 40 años dedicado al periodismo cultural y la literatura con una carrera profesional brillante que le ha llevado a colaborar en radios, periódicos, de la Opinión de Málaga, a La Vanguardia o El País, recibir premios a su trayectoria periodística, además de publicar libros de excelente recepción crítica y dirigir durante los últimos 12 años la revista literaria Mercurio. Como cualquier profesional de primer nivel en el ejercicio de su especialidad durante décadas (pensemos en un médico, un arquitecto o un abogado, por ejemplo) con su talento, trayectoria y experiencia, debería estar de lo más establecido, relajado y con el reconocimiento que merece. Pues no. Tras el cierre de la revista Mercurio, se encuentra de autónomo buscándose la vida en un sector cultural de una eterna precariedad en el que siempre hay que estar partiendo de cero. Ya sabemos que vivimos en un país en el que la cultura y la investigación no son prioritarios, aquí lo importante es recalificar terrenos, hacer autopistas y aeropuertos o echar vías del AVE. Así nos va y peor que nos irá.

Guillermo Busutil ha reunido en La cultura, querido Robinson (editorial Fórcola) una muestra de su trabajo de estos años de crónicas y miradas a los acontecimientos culturales. Escritores, pintores, escultores y creadores encuentran en Busutil alguien que los escucha, los acerca al público y los acompaña en su solitaria labor. En un afectuoso prólogo al libro, el escritor Antonio Muñoz Molina escribe que “Este libro que fue haciéndose de una crónica a otra yo lo veo como un testimonio de los entusiasmos y los desengaños de una época”. “Hay un amor incondicional, tan limpio de pedantería como de cinismo, por todo lo mejor que pueden darnos las artes, que tiene tanto que ver con lo mejor que puede darnos la vida”.

Muñoz Molina habla en el prólogo de la “la literatura de los periódicos” que tanto has practicado. ¿Pero es literatura?

En periodismo siempre han coexistido tres estilos. El austero y llano del tipo Azorín muy sujeto a lo puramente informativo y directo; uno más cercano a lo coloquial, parecido al boxeo de calle, en corto, directo, con la precisa adjetivación y un objetivo concreto. Y el literario con más exigencia de contar, de alcanzar una fuerza expresiva que sacuda y seduzca al lector en la que sin dejar de lado el rigor de los hechos el lenguaje suceda dentro de aquello que se cuenta.

“Nadie nace lector, hay que hacerse”. ¿Y cómo hacemos lectores en un mundo hipnotizado por las pantallas llenas de cosas extraordinarias?

Desde la educación inicial de los padres en la lectura y en la riqueza y posibilidades de la palabra. Antes de que el niño llegue a la pantalla está la voz familiar leyéndole cuentos o contándoselos, despertándoles la mirada de la mente, y que las palabras son como llaves que abren casi todo. Ellos y después los profesores han de transmitirles el poder y la magia de la palabra, la lectura como aventura de la imaginación, el libro no como enemigo sino como compañero de viaje y eficaz herramienta robinsoniana allí donde las pantallas no tienen conexión ni energía ni la capacidad de fabulación que ofrece un libro o la palabra y su gama de colores.

En un artículo cuentas que de ese 62% de la población de este país que dice leer al menos un libro al año, un 40% afirma que no ha leído el Quijote. ¿Algo hacemos mal en el fomento de nuestras figuras literarias?

Por supuesto que sí, siempre se trata de imponerlas de una manera tradicional, examinatoria, con toda la antigüedad de su peso sin buscar otras fórmulas más cercanas. El Quijote por ejemplo, del que apenas se explica que puede entenderse también como un libro de cuentos, o como un tratado de la amistad o del juego por escrito de alguien que quiere imitar a los héroes viviendo sus aventuras. No se sabe acercar su carnalidad, sus huellas, su eco en nuestra cultura. Hay que humanizarlos y convertirlos más en personajes en lugar de esculturalizarlos como estatuas de piedra fría. Y mira que tenemos maestros de los que aprender y disfrutar.

Tu quiosquera te dice “que cada día se venden menos periódicos”. ¿Está desapareciendo el soporte papel en favor de la prensa digital o lo que está desapareciendo es el periodismo como lo hemos conocido en el siglo XX?

El papel vive una dura batalla destinada a perder. Lleva tiempo en crisis, y aunque hay intentos de devolverle su lugar con frágil éxito, lo más seguro es que ser imponga lo digital pero también por la cortedad de miras de muchas empresas de comunicación que curiosamente sólo piensan en la economía de la inmediatez y casi nunca en ser y hacer empresa del valor de la comunicación. Ocurre lo mismo con el periodismo del siglo XX rebelde, de zapatos, interrogador, con calidad de página, rebelde frente al comunicado de prensa, la carencia de conocimiento, respeto e insumisión para repreguntar, cuestionar, atreverse a buscar el envés de los hechos. Si al oficio y al papel se le devuelven su dignidad, su valor social, su espíritu ético, su profesionalización quizá se consiga que resista más tiempo e incluso que queden algunos ejemplos como marcas de prestigio.

El periodismo cultural a veces se considera un periodismo sobre pintura abstracta y poesía evanescente, pero en tu libro hablas de la mala resolución de los rencores de la guerra civil, los problemas del sistema docente y hasta de la Gurtel… ¿Pero el arte no ha de hacer evadirnos de las mezquindades de la vida?

Hay un espíritu del arte que defiende lo estético y su hedonismo como una manera de combatir el ruido, el dolor, la vulgaridad, de ofrecer un antídoto. Yo lo respeto pero creo más en el compromiso del arte, después de todo tu mirada está sujeta a una filosofía, a una moral, y el arte, al igual que el periodismo cultural, es una actitud y una conciencia que han de contribuir a fomentar el pensamiento crítico, la reflexión y a la vez el disfrute y el alimento de la sensibilidad.

En una crónica sobre el taller de los pintores dices que “el estudio de una artista tiene que ser como un cuadro”. ¿Se puede leer en el lugar de trabajo del artista su manera de ver el mundo y encarar su obra?

En gran parte sí, cuando visitas estudios de pintores o de escultores o los ves en documentales se intuyen en gran parte sus mundos, las huellas de sus conflictos, sus fetiches, su relación con el arte, en la manera de los trapos de limpiar pinceles, en las manchas del suelo, en la disposición de la luz, aquello que les inspira o les aísla. En Rojo, la obra de John Logan en la que Echanove interpreta magistralmente a Rothko, se ve esto que digo. Lo mismo que cuando vemos a Picasso, o yo veo a amigos como Rafael Alvarado, Antonio Yesa, Paco Aguilar…Hay mucho de escénico, de caleidoscopio del artista.

Reivindicas a Quevedo. Un autor que se lía a golpes, bebedor, mal hablado, hoy día sería considerado incluso misógino… ¿qué podemos aprender de Quevedo?

Quevedo fue y significa muchas cosas. Un espadachín certero del lenguaje, habilidoso en la esgrima del lenguaje, en su audacia para la rebeldía y su contundencia moral para denunciar y combatir a su manera la corrupción, la picaresca, el abuso de poder y reivindicar la dignidad o la justicia. Todo lo que se echa de menos en gran parte de la intelectualidad, el periodismo o los agentes culturales de hoy. Su vigencia es sin duda una brújula, una lección imprescindible.

Escribes en un manifiesto con tono firme pero aire melancólico que la cultura no ha terminado de ser el arma cargada de futuro con la que se soñó la poesía. Afirmas que “la cultura nunca ha sido un caballo electoral”…

Efectivamente. La cultura se ha democratizado pero no ha permeabilizado la sociedad, porque la gente lee menos, recela de entrar a los museos y a pesar de las últimas estadísticas el aumento de consumo de la cultura es escaso. Tampoco ha servido para progresar en educación, en conocimiento, en que seamos más libres, ricos en pluralidad y críticos desde la formación en pensamiento ni en la forma de vivir la cultura a diario como un goce, un hechizo, un alimento que nos da felicidad, tolerancia, capacidad de imaginar, de no creerse todo lo que nos imponen como verdad. Da pena el escaso peso de la cultura general de este país, recordemos los informes Pisa. Aquella arma ha sido desarmada en muchos casos por los mismos que la esgrimieron como reivindicación en la contracultura de los 70.

¿Por qué afirmas que el periodismo cultural, especialmente en provincias “es un acto de resistencia”?

Es más difícil que los medios de comunicación te den espacio impreso, en onda o en televisión para abordar la cultura más allá de la agenda, de lo oficial, y que muchas veces ha de pelear su espacio con noticias rosas, de espectáculos, de agencia. Una labor generalmente precarizada porque se paga mal y que, a pesar de que en muchos casos la realizan becarios, gente que no cobra, y cuya mayoría tienen un respetable bagaje amateur, cuenta en provincias con excelentes profesionales, muy capacitados, con mucho talento, experiencia y conocimiento que sobreviven vocacionalmente y sin que su valía se tenga en cuenta a nivel nacional. Absurdamente sigue dominando la idea de las capitales epicentro como foros de talento, y pocas veces se mira al talento en provincias. Este libro nombra a muchos de estos profesionales como homenaje y reivindicación.

Has estado empujando mil eventos culturales, clamando desde todas las tribunas por eso que dicen que importa tanto que es la cultura pero que en la realidad parece importar poco o nada. Tú último empeño, en la revista Mercurio, ha sido clausurado… 40 años de dedicación y en vez de tener una prejubilación dorada como la gente de los bancos o la Telefónica sigues buscándote la vida en precario… ¿Te sientes estafado?

Siempre me he sentido un afortunado porque he vivido de lo que más me ha gustado. Desde que vendía mis propias novelas del Oeste de niño y era un joven poeta experimental a finales de los setenta con La Carpeta, junto a dos creadores maravillosos como Antonio Ramón y Rafa Villegas, hasta hoy día no he dejado de creer en este viaje, en la cultura como un oficio de vivir. Y al igual que todo capitán, como me nombró Lorenzo Saval, autor de la fantástica portada del libro, he tenido naufragios, tormentas, mesas de derrota, vientos de bonanza e islas en las que repostar. He conocido y aprendido de otros Robinsones maestros y maestras, y excelentes compañeros, como tú, y he ido escribiendo Cuadernos de bitácora que ahí quedan. No me siento estafado pero si te dejan mal sabor la poca elegancia y respeto de algunos, las traiciones de otros, las hipocresías y olvidos de tantos. Todo lo que conlleva la vida, lo mismo que el afecto, el apoyo, la admiración de otros. Y sí que después de tan larga travesía, con honestidad, trabajo y generosidad, resulta duro volver al alambre como cuando uno era joven. Esta es una de las vergüenzas que tenemos y hemos permitido en nuestra sociedad. Que la educación la sanidad y a cultura que nos otorgan progreso y dignidad están en precario, casi agonizando. Aun así mantengo la esperanza, la riqueza y felicidad de lo vivido, la memoria de los afectos cómplices que te abrigan y el convencimiento de seguir al timón hasta donde me permitan las mareas y los vientos.