Patricia Almarcegui: “A las mujeres nos tienen que ver viajando, ocupando los espacios”

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Entrevista a la ensayista y viajera Patricia Almarcegui

 

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Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

Para hablar del viaje, como concepto, como experiencia y como relato, nadie mejor que la escritora, ensayista y comparatista Patricia Almarcegui. Almarcegui no es solo una viajera, sino alguien que ha estudiado, pensado y cuestionado el viaje como relato de memoria, escritura del yo y construcción cultural, poniendo el acento en la figura de la mujer, en aquellas viajeras cuyos relatos han sido desplazados del canon literario y también de la reflexión teórica vinculada a los estudios culturales. Almarcegui es autora, entre otros, de títulos como Los libros de viaje: realidad vivida y género literario, El sentido del viaje, Una viajera por Asia Central. Lo que queda del mundo y La memoria del cuerpo.

“Quien ama el viaje sabe el poder que tienen los nombres. Hay lugares que solo con escucharlos o citarlos la imaginación explota y genera imágenes mágicas y sueños suspendidos”, leemos en Una viajera por Asia Central. Esta frase me sirve para preguntarte sobre la relación entre viaje y escritura y, en concreto, sobre el carácter imaginativo o ficcional de todo relato de viaje.

El viaje y la escritura implican movimiento y desplazamiento. En el primero, son físicos y, en la segunda, mentales. La escritura “desplaza” la realidad a partir del estilo, las figuras retóricas, etc. Viajar es un tema de mirada, qué se decide ver o qué no, una elección casi siempre subjetiva y voluntaria, y la literatura tiene sus propias herramientas. A veces se olvida que esta es mucho más que un estilo o una retórica. Además de lo que el viajero ve, está lo que compila y selecciona en el relato, la estructura que elige, objetos literarios y ficcionales. Se podría decir, por lo tanto, que el relato de viaje “sufre” un doble desplazamiento: lo que el viajero ve y la forma literaria y lingüística que elige.  

Decía Annemarie Schwarzenbach: “Hay que recordar y, aunque el recuerdo no nos suelta ni siquiera por un instante (…), al menos no tenemos que saber nada de ello”. ¿Podríamos establecer una relación entre el relato de viaje y la memoria como reescritura?

Absolutamente, de hecho el relato de viaje es uno de los géneros que más bebe y se basa en la memoria y tiene, además, una escritura propia, la nota de viaje (el esbozo en pintura), que permite tirar y alargar la memoria y el recuerdo. ¡Qué pocos relatos de viaje se han escrito en el destino! No se suele decir dónde se redactan y tiene su importancia. Sí, para estudiar los relatos de viaje, habría que recordar su “biografía”, dónde y en qué circunstancias tiene lugar el acto de escritura.

¿Qué entendemos por viaje? ¿Adquiere el viaje su sentido último en el momento en que se convierte en relato?

Hay un viaje (o dos o tres) que se realiza durante el itinerario, pero hay otro viaje que es, como decía al principio, el de la escritura. El viaje termina o devuelve otra experiencia cuando se fija en el relato. Lo escribí en Conocer Irán. El viaje o la experiencia del viaje no termina cuando se escribe, si no cuando se lee y, sobre todo, se escucha lo escrito.  

El debate sobre la distinción entre viajero y turista así como la constatación de que tantos los medios de comunicación como herramientas tecnológicas -véase Google maps o Google street view- permiten un conocimiento de tierras lejanas sin necesidad de visitarlas, plantea la pregunta sobre si todavía es posible la experiencia del viaje.

La experiencia de hacer un viaje físico o mental, aseguran, se “graba” de la misma forma en el cerebro. Sin embargo, y más en la época contemporánea, el viajero establece un tipo de relación con el lugar, una suerte de topofilia, que hace que se ligue física y mentalmente para siempre con él. “Yo estuve allí”, “yo lo he visto”, “sé de lo que hablo” son fórmulas que parecen vincular la experiencia del lugar con la verdad, y el desplazamiento se convierte en una suerte de visita testimonial. Y sí, como escribí en mi ensayo, El sentido del viaje, la experiencia del viaje es todavía posible. No hay más que cambiar de itinerario, de tren y vía de alta velocidad, de las rutas y lugares acostumbrados…

¿Tenemos que repensar el relato de viaje en consonancia a la nueva forma de viajar? ¿Qué queda del viaje romántico, nuestro directo precedente, del XIX?

Sí, hay que repensarlo, pero no solo porque ha cambiado la forma de viajar, sino porque ha cambiado nuestra percepción, nuestro concepto del tiempo y del espacio y, además, la literatura está repensándose (o debería) continuamente. Por ejemplo, el narrador es cada vez más ético, más responsable tantos en sus descripciones como en los temas que elige. También, menos ensimismado, habla menos de él y opina y valora menos lo que ve. Del viaje romántico, queda algo muy importante, la voluntad de un estilo determinado. En el romanticismo es cuando prácticamente se invierten los objetos del viaje, no se viaja para comerciar o investigar sino que se viaja para narrar. De ese resultado, de una determinada búsqueda estética y estilística, somos deudores todavía. Y no solo en los relatos de viaje, sino también en el periodismo y en las crónicas de viaje.

“Aún creía que podría saber cuándo llegaría a los sitios. Los tiempos del viaje no dependen nunca del viajero”, escribes. ¿El viaje, el viaje que escapa de las reglas del turismo, escapa también de todo control, de todo mapa determinado?

Una pregunta interesante. Del control no escapa, pues todo puede controlarse ahora mismo, pero sí se escapa del imaginario, de la proyección del imaginario. El viaje sigue sorprendiendo y la inteligencia ama la sorpresa (ir de Shiraz a Bandar Abbas, en tren de Tudela a Tafalla, ver el desierto de los Monegros). La experiencia que genera el viaje se perpetúa durante largo tiempo. No sé, supongo que ver por primera vez algo diferente modifica o puede modificar el pensamiento (desde luego las emociones y percepciones).

Has dedicado un libro a la viajera Lady Montagu que, como Nellie Bly, subrayó los prejuicios y las dificultades que tenía que enfrentar una mujer a la hora de viajar. ¿Todavía hoy la viajera se enfrenta a unos obstáculos que el viajero no debe afrontar?

Sí, mi novela, El pintor y la viajera está dedicada a la viajera Lady Montagu pero también al pintor Ingres. Ella es uno de los primeros referentes que tenemos de esas mujeres viajeras. La forma en que describe a las mujeres turcas le sirve para hablar de sí misma. Qué paradoja, hay que viajar, irse a lo extraño y lejano, para hablar de la condición de la mujer. Sí, la mujer se enfrenta hoy en el viaje a obstáculos que no se enfrenta un hombre. He escrito bastante sobre ello. Transitar por el espacio público y de noche es siempre un riesgo, pero ocurre tanto en Oriente como en Occidente. Y a lo que se teme es siempre a lo mismo, a lo más externo y con lo que más se nos han identificado a lo largo de la historia, el cuerpo. Es decir, a ser violentada y vejada. El cuerpo de la mujer, siempre está expuesto y a flor de piel. Hay que viajar y transitar muchísimo más, nos tienen que ver transitando y viajando, ocupando los espacios, como diría Beauvoir, para convertirlos en territorios. En fin, ya lo he escrito, la mujer que viaja no es peligrosa.

Si bien en la historia ha habido grandes viajeras, ¿el canon de relato de viaje olvida a muchas de ellas? ¿Qué lugar ocupan en la historia cultura y literaria estas mujeres viajeras y escritoras?

Restos, ocupan restos. No tienen visibilidad. No existen. Te dirán que no hay, pero hay y además quedan por descubrir y estudiar. Porque el ser humano siempre ha viajado y, además, la mujer ha sido gran lectora y escritora. Hay que buscar además esos viajes en otros formatos y géneros, cartas, diarios, etc. Hacer sobre todo trabajo de archivo e investigación.  

Tus viajes por Oriente y tu formación en literatura comparada te han llevado a revisar el concepto de “orientalismo” acuñado por Said, de quien dices que “solo se fijó en textos europeos para ejemplificar sus afirmaciones” y que estructuró su propuesta teórica sobre una relación dialéctica entre Occidente y Oriente. ¿Hay más nexos entre Oriente y Occidente de los que Said llegó a señalar?

Sí, hay mil y una relaciones entre Occidente (s) y Oriente (s) que Said no llegó a señalar, pero su trabajo hizo que reparásemos también en todos los Orientes y Occidentes que quedaban por aproximarse y de los que éramos prácticamente ignorantes. La oposición entre uno y otro punto cardinal es característica del pensamiento occidental. Lo relevante es que dicha oposición ha llevado al estudio de Oriente, por decirlo de alguna forma, para “absorber” al otro hay que conocerlo. Poco a poco los estudios demuestran que Occidente y Oriente no han estado tan separados como se imaginaba y que ha habido cruces, intercambios e intersecciones. No se han excluido, se han acompañado. Pensar que son puros u homogéneos es inocente, casi fruto de la ignorancia.  

Said planteaba, entre otras cosas, con el término “orientalismo” que Oriente era una creación Occidental. ¿Hasta qué punto es cierta dicha aseveración y hasta qué punto seguimos mirando Oriente no como es, sino como nosotros lo hemos construido?

Ojalá la mirada sobre Oriente hubiera cambiado. A veces, pienso que hablar y defender a E. S. Said y el orientalismo resulta ya caduco y redundante (hace ya 40 años de la publicación de su libro Orientalismo), sin embargo sigue siendo muy necesario. Los estereotipos, las imágenes negativas y tópicos de Oriente se siguen repitiendo, heredando y no se cuestionan. El orientalismo se perpetúa. Hoy, por ejemplo, lo hace a partir de un fenómeno intelectual de tipo mediático, en el que se niega la posibilidad de secularización que se cree además característica de Occidente, como si Oriente no pudiera ser laico, defender la igualdad sexual y minorías.

Autores como Homi Bhabba, Hamid Dabashi o Ashis Nandy no solo han cuestionado determinadas aportaciones de Said, sino el sentido de los estudios postcoloniales en un momento en el que estamos viviendo el fin del postcolonialismo. ¿No crees que más que asistir a su fin estamos asistiendo a una nueva forma de colonialismo?

Sí, esa es la paradoja y la suerte, que la crítica a Said parte prácticamente de los estudios que él ayuda a desarrollar y en los que estuvo imbricado, los poscoloniales. Y la más repetida es que dichos estudios y también el orientalismo no pueden erigirse como un poder o centro. Por decirlo de alguna forma, no solo hay que descentralizar a Occidente sino también a todo aquello que pueda erigirse como único o centro.  

En un artículo subrayabas, en cierta manera, el callejón sin salida de los estudios postcoloniales y de la literatura comparada ante este nuevo escenario

No, no lo veo como un callejón sin salida y menos en el ámbito de los estudios comparados. Creo que estamos en un momento en que muchas de las cosas que antes debían explicarse o justificarse, por ejemplo, en el ámbito literario ya no deben hacerse. Los estudios y las disciplinas se han solapado y se han deslizado entre sí. Los imaginarios se están reformulando. Los cambios científicos, las tecnologías de la información, los algoritmos, las crisis, han removido la geografía imaginativa también de la cultura. No, no es una muerte: es un ensanchamiento.

Más de un teórico ha alertado del peligro que encierra la idea de “multiculturalidad”, subrayando que no esconde sino una actitud colonialista, de quien asimila cuan folklore la multiculturalidad.

Sí, la “diferencia cultural” (mejor que la “multiculturalidad”) puede utilizarse de una forma interesada, al igual que está ocurriendo con el feminismo, además de hacerlo de forma caprichosa y folclórica. Por ejemplo, buscando ventajas ideológicas y mercantilistas. A lo que habría que tender es a que existiera un espíritu crítico, una discriminación, que pudiera diferenciar unos usos y objetos de otros. Pero para eso habría que defender la capacidad de atención y desterrar el amor por lo sentimental y la valoración de los acontecimientos. Pero, en definitiva, ojalá estuviera instalada en todos los ámbitos de la contemporaneidad.