Ariana Harwicz: Escribe como quien pone bombas

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Ariana Harwicz, argentina residente en Francia, atiende al teléfono una calurosísima tarde de agosto para hablar de un libro no menos intenso y agobiante, Degenerado (Anagrama), donde se aleja (ligeramente) de su gran tema, las relaciones familiares, para presentar el alegato tan lírico como purulento del supuesto asesino pedófilo de una niña.

 

 

Texto: MILO J. KRMPOTIC

 

Me da la sensación de este libro tiene algo de vómito. ¿Es así? Y, en caso afirmativo, antes de entrar en los contenidos de la regurgitación, ¿cuál de ellos en concreto lo motiva?

Cuando decís “vómito”, ¿te referís a que hay como una furia, como un asco, como un odio… como una prosa muy de descarga? Es en ese sentido, ¿no?

Sí...

Bueno, eso fue lo que guio toda la escritura. Esa especie de monólogo, de defensa de este hombre que está en el banquillo de los acusados. Se siente odiado por sus padres, por sus vecinos, por su aldea, y en realidad por la sociedad. Y él los odia también. Lo que guio la escritura fue ese amor convertido en odio que tiene este personaje.

Pero a ti, concretamente, ¿qué te lleva hasta él?

Una obviedad: en todos los personajes que escribimos, sean quienes sean, aunque se trate de un rey del s. XV, aparentemente lo más alejado a uno, hay algo de uno. En este caso me parece que es la experiencia de la extranjería, el hecho de que yo misma sea una inmigrante, una extranjera en Europa Y que sienta por momentos algo de esa distancia con el mundo, con la sociedad, algo de odio, algo de marginalidad, hace que me pueda sentir en algún punto reflejada con este hombre.

No es la primera vez que te sirves de un largo flujo de conciencia para estructurar una novela, pero en esta ocasión me parece de una profundidad incluso mayor. No dudo que estilísticamente esté trabajadísimo, pero a menudo da la sensación de que te eriges en médium del protagonista. ¿Cómo fue el proceso de creación? ¿Se diferenció en algo del de los libros anteriores?

Me gusta esa idea, no la había escuchado nunca res- pecto a mis libros, algo como ser un médium. Jugar a eso. La escritura tiene algo de eso. Este libro fue más difícil, fue diferente a los tres anteriores, que surgieron de manera mucho más empática con el personaje. Que además era mujer, femenino, y mucho más cercano. Era como si las escuchara hablar. Fue un proceso más armónico, más orgánico, más como una obra de teatro. Yo las escuchaba hablar, las veía moverse, y lo transcribía. En cambio, este personaje fue mucho más duro de construir. También más difícil, porque yo soy muy diferente a él. Una voz masculina también es más ardua. Y había que tener cuidado, ¿no? Es un pedófilo, un criminal… Y lo que hice durante dos años fue escuchar discursos políticos, que, aunque no tuvieran nada que ver siempre tienen que ver, de dictadores, de genocidas, de criminales acusados en todas las épocas, en Rusia, en Alemania, en Argentina... Y así fui construyendo su voz, pero fue un proceso más largo e intelectual que los anteriores.

¿Ese era tu truco para ponerte en situación, para recuperar la voz del “degenerado”, ponerte discursos?

Sí, eso lo hice muchísimo. Leí libros de guerra, del gulag, de las dictaduras soviéticas, del fascismo italiano o español… Ver documentales, escuchar la voz de un criminal, saber cómo habla, ya sea un dictador chino o argentino, o un criminal anónimo de pueblo. Fui a ver exposiciones, leí cartas de reos, de verdugos, de condenados a muer- te... Durante dos años, ese fue el coro que armó su voz.

¿Y no te costaba quitarte al personaje de encima? ¿Tenías algún truco para poder irte a la cama o estar con la familia con normalidad?

No, no hay truco. Por ejemplo, durante todo el proceso de creación de esta novela, veía pedófilos por todos lados. Alrededor de la escuela de mi hijo… Que igual es verdad que están por todos lados, no están viviendo en una trinchera o en un búnker, aislados de nosotros. Están en el metro, en la escuela, en el metro, en el banco. Es una obviedad. Los veía por todos lados. Cada novela arrastra una nueva obsesión.

El monólogo-confesión-apología ofrece, en efecto, un recorrido por la infamia —principalmente— de los siglos XX y XXI. Y ahí, como cabezas de cartel, pa- recen darse la mano dos horrores un tanto dispares: el nazismo-estalinismo, por un lado, y la pedofilia por el otro. ¿Se unen solo en la alterada cabeza de tu protagonista o ha de surgir alguna interpretación de su encuentro?

La idea era hacer un repaso, no muy ortodoxo ni académico, yo no soy socióloga ni historiadora, es pura ficción y puro caos… Pero el personaje hace una mezcla de todo el odio del siglo XX como diciendo que no es culpable de él, que lo único que falta es que lo acusen de todo eso. Hace una pirueta retórica para decir: “Ustedes han engendrado esto que llaman ‘monstruo’”. Ese “ustedes” es la sociedad, ¿no? “Si yo soy culpable, ustedes también lo son”. Por eso hace esa relación entre su supuesto crimen privado, porque tampoco existe la seguridad de que lo haya cometido, y los crímenes del siglo XX en Occidente. Por eso dice que algunas de las madres que hay ahí, las embaraza- das, llevarán a un pedófilo en sus vientres. Es como si desparramara su odio hacia todo el mundo.

Me llama la atención, en ese repaso infame, que no hables del #MeToo. ¿O sí lo haces? ¿Es el elemento pedófilo del libro una especie de summum de lo que denuncia ese movimiento?

Claro, todos dicen, por lo menos en Argentina, que lo que va a venir ahora, y que no ha venido porque no estamos preparados, porque es demasiado horroroso, es desenmascarar, destapar la olla de todos los crímenes y abusos contra los niños. No es que no se sepa que los hay, pero se habla muchísimo de los feminicidios, en Francia hubo 85 en lo que llevamos de 2019, y en Argentina hay uno cada treinta horas, pero de lo que no se habla —me decía una amiga periodista cultural—, lo que la sociedad no tiene aún frente a frente cada día en los diarios, es el enorme maltrato infantil que hay, enorme, como una especie de moda horrorífica de abuso infantil. Tal vez porque hay muchas mujeres en ello, y cómo se entiende que la mujer sea víctima de violencia conyugal y feminicidio, y a la vez sea victimaria. Es muy difícil de aceptar. Me parecía que ese era el gran tabú y por eso está ahí, en la novela. Es uno de los grandes horrores de este siglo. Y por algo será, habría que pensar el porqué. El caso es que el libro se mete a provocar donde más le duele a la sociedad.

Es un libro muy valiente, sí. Y si lo llega a firmar un hombre no sé yo si hubiera tenido problemas (vivimos en tiempos muy apegados a la literalidad, donde se llega a acusar a Nabokov de pederasta por Lolita). Hay momentos francamente escabrosos (no sé si a Houellebecq se le ocurriría la cópula del granjero con su cerdo). ¿Hasta qué punto tuviste que liberarte de contenciones y miedos para lanzarte a esta piscina nauseabunda?

Claro, porque todos nos asustamos y decimos que es un monstruo, o que es nauseabundo, pero después es la más estricta y pura realidad. Es distinto leerlo que verlo. También la zoofilia existe desde que el hombre es hombre. En las casas más católicas se ha practi- cado… quiero decir que ese horror nauseabundo y sórdido del que pueden acusar a la novela surge del más estricto naturalismo y realismo. Al contrario, traté de hacerlo menos infernal. Yo no trato de buscar algo provocador, escandaloso, porque sé que nada escandaliza. Nada en el arte puede escandalizar. Nada, nada, nada. Ya han dejado morir perros en muestras de exposiciones y museos, ya han hecho todo tipo de performances, el arte ha llegado a un extremo en el que no creo que nada escandalice. Pero que trato de meterme en la boca del lobo con lo que duele hoy, en este siglo y en estos tiempos.

Eres argentina residente en Francia y eso se nota: la ambientación es claramente gala, pero los modismos son argentinos y de repente se menta, por ejemplo, a los “villeros”, los habitantes de las villas miseria de tu país. Eso es lo que me transmite la sensación de que se trata de un libro profundamente subjetivo, que prima tu contexto personal antes que cualquier voluntad realista…

Sí, también hay algunos vocablos, algunas expresiones, que serían más bien de España. Por lo menos, de los libros que nosotros, los argentinos, leímos traducidos por españoles. En un momento se dice “hacer la puñeta” Nunca un argentino dirá “la puñeta”. Son palabras muy artificiales porque este libro es muy ecléctico en su lengua. Es una lengua formada de muchas lenguas, es una lengua de traducción, es una lengua española-argentina-francesa, como un libro de inmigrantes. Una mezcla, como hablaría alguien que ya no vive en su país y no habla bien la lengua del otro país. En ese sentido es muy cercano a mí.

Volviendo a Houellebecq, cuesta no ver en el protagonista a alguien como él, a un Céline, a uno de esos enfants terribles de las letras francesas. ¿Fueron, literaria o espiritualmente, una inspiración?

La verdad es que sí. Desde que vine a vivir aquí, hace más de diez años, Houellebecq ha estado omnipresente en la sociedad francesa. Es como una especie de profeta, enfant terrible y maldito. Casi pronosticó los atentados de Bataclan del 13-N. Me parece interesante su figura, ¿a quién no?, de niño terrible bendecido por los franceses que se ríe y desenmascara con mucha ironía los clichés del progresismo de izquierda. Y me pareció que mi personaje tenía algo de eso. Respecto a Céline, bueno, es mi Shakespeare francés, porque arma una lengua única. Es como Borges para los argentinos. Así que Céline también está en el horizonte, es verdad.

¿Y Beckett?

Beckett, también. Mirá, justo tengo El innombrable en la mano. Diría que mi tríada favorita de influencias para este libro son Houellebecq —no porque me guste tanto, sino por su influencia—, Beckett y Céline. Luego hay influencias que uno no sabe, de las que no tiene conciencia.

El libro también me ha hecho pensar en la pornografía vanguardista de principios del siglo XX, con Apollinaire y demás.

Sí, es verdad. Aparte, en Argentina eso se estudia mucho. Yo estudié teatro leyendo a Apollinaire, sus poe- mas, todos sus escritos. Y sí, toda esa deconstrucción, esa vanguardia, con tanta furia y violencia, con tantas ganas de destruirlo todo… Siempre quiero destruirlo todo cuando escribo. No en el sentido de hacer algo surrealista que no se entienda, pero sí destruir, porque para mí escribir es como poner una bomba en el escrito, en la literatura. Vos me decís “¿qué hubiera pasado si lo escribe un hombre?”, pero yo pensaba que se la iban a agarrar conmigo. Que una mujer escriba, desde la ficción, por supuesto, la defensa de un pedófilo, de un criminal feminicida, que no hay peor combinación… pensé que se me iba a atacar y estoy muy feliz de que el libro se pueda leer como lo que es: literatura.

Son varias las menciones a los atentados yihadistas del 13 de noviembre de 2015. ¿Cómo recuerdas personalmente ese suceso?

Yo viví los atentados a la AMIA y a la embajada [israelí] en Argentina porque era niña y vivía allí. Pero aquí fue la primera vez que veía una ciudad que parecía estar en guerra. El día 13 no, pero estuve en París el 15 de noviembre, después de los atentados, y fue como ver una ciudad en guerra. No en el sentido de que todo estuviera destruido, sino del pánico de la gente, de su horror, la paranoia —se tiraban a los canales—, los restaurantes cerrados, las caras de la gente… Y me impactó, me sigue impactando. Sigo yendo a ver esos bares donde sucedió, el Bataclan mismo… También lo que pasó en Niza el 14 de julio… Todo eso no terminó nunca de curarse. La sociedad francesa no está preparada para mostrar lo que pasó de verdad, aplastaron a niños y niños y niños… Hay una especie de negación y pudor que es muy distinta a Argentina, donde hay una pornografía del dolor y se muestra, hay imágenes. Aquí no.

¿Y qué me dices del atentado contra la revista Charlie Hebdo? ¿Se vive peor que el objetivo sea indiscriminado o que se apunte claramente contra colegas del mundo de la cultura?

También eso… [Suspira] Eso dio el puntapié inicial a una guerra que los occidentales no quisieron lidiar. Ni mejor ni peor. Me parece que se han mostrado muy tibios, muy negadores. Como hay horror a la guerra y estas gene- raciones no nacieron en guerra, lo único que quieren es seguir disfrutando del capitalismo, es como si aceptaran cualquier cosa. Quizá la línea que más claramente entronca con tu obra precedente es la de las relaciones maternas-filiales, que es donde el protagonista vendría a situar su pecado original, en forma de deseo incestuoso.

¿Qué motiva esa recurrencia?

Bueno, no lo puedo evitar. Quizá lo mismo pase con un músico o un pintor, la recurrencia de un color o de un fraseo musical, pero se ve menos. En la escritura, como es argumentativa, se ve. No pensé que iba a hablar de vuelta sobre las relaciones tortuosas y complicadas entre madres e hijos, padres e hijos. Sin embargo, ahí está. Sí, es lo que la une, quizás, aparte del estilo, a las novelas anteriores. Y no lo puedo evitar: ahí donde hay un crimi- nal hay un hijo. Ahí donde hay un pedófilo hay un hijo. Ahí donde hay un terrorista hay un hijo. Siempre me ha interesado ver qué tipo de hijo fue Stalin, o Videla. Siempre me gusta ver qué pasa con ese amor primario, hasta qué punto puede destrozar a una persona o no. El muro de todo, la tragedia de todo, es qué hijos y qué padres tuvimos.