Carbón y oro

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Alfonso Zapico cava el túnel hasta 1934 en La balada del norte III

 

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Foto: ASÍS G. AYERBE

 

Alfonso Zapico es historietista. Cuenta historias con un amasado de texto e ilustración donde las palabras medidas en las cajas de las viñetas tienen la fuerza de chispazos de imagen, y las imágenes de miniaturista son cada una de ellas un gran relato. Acaba de publicar La Balada del Norte III, la tercera entrega de la tetralogía que está trazando sobre el levantamiento revolucionario de los mineros asturianos en 1934. Consiguieron durante dos semanas poner en pie la utopía de una república de trabajadores donde quedara abolida la explotación y la condena perpetua a la miseria. Un sueño levantado a golpe de dinamita y derramamiento de sangre, combatido por el Estado de la manera más cruel en lo que iba a ser un ensayo general para la tragedia de la Guerra Civil. Zapico pinta un gran fresco de ese momento donde se mezcla lo sublime y lo nefasto a través de los ojos de la hija de un minero dirigente de la revuelta y el hijo del adinera- do propietario de la mina. Isolina y Tristán —hagan ustedes las comparativas novelescas— encuentran en medio de tanta negrura, carbón y derrumbe, el frágil brillo del amor, eso sí, a punto de ser sepulta- do por unos tiempos coléricos.

¿Cómo prefieres definir tu oficio? ¿Ilustrador? ¿Ilustrador-guionista? ¿Historietista? ¿Escritor gráfico?

Historietista me va bien, porque si dijera que soy ilustrador mentiría un poco (no soy un ilustrador integral) y si dijera que soy ilustrador-guionista es como si dijera historietista; escritor gráfico es como lo de novelista gráfico o biógrafo gráfico, no nos viene bien. Además, el cómic es un lenguaje bastardo que se dignifica por sí mismo, asumimos su mestizaje y complejidad y no hacen falta más etiquetas.

Cuando trabajas en La Balada del Norte, ¿qué va primero: la trama escrita o el dibujo de la escena?

Primero la trama en trocitos de papel, y luego en el cuaderno, en el portátil… Las imágenes llegan al final porque todas están en mi cabeza y se van encajan- do y acoplando como las piezas de un puzle. La última parte siempre es el dibujo de la escena. Hasta que llega esa escena, la historia ha dado muchas vueltas.

La revolución socialista de 1934 iba a ser un alzamiento en toda España, pero la mayor parte de las regiones desistieron. ¿Por qué solo Asturias creyó en la utopía?

No solo Asturias creyó en la utopía, pero solo los obreros asturianos de diferentes corrientes políticas se unieron en una alianza antinatural y solo los mineros de Asturias tenían toneladas de dinamita (y sabían usarla). Unidos en la utopía hacia el desastre final.

Explicas una historia de injusticias sociales, violencia por ambos bandos y caos. Pero, en medio de todo ese derrumbe, es posible el amor. ¿Realmente puede convivir el amor con la guerra o es cosa de la literatura?

Claro que puede, por eso se escriben tantas historias de amor en medio de grandes desastres. Yo no he inventado nada, pero he leído mucho a los rusos, que han protagonizado y narrado los grandes cataclismos de la historia moderna con historias en las que la gente se ama, a pesar de todo.

labaladadelnorteIIIVemos en esta tercera parte cómo, en medio del hundimiento y de la oposición del aguerrido Apolonio, el escuchimizado Tristán persevera en ir en busca de Isolina. ¿Qué nos enseña esta historia de contrarios que se encuentran?

Es una historia antinatural, porque esto nunca hubiera pasado en 1934 (o sí). Es una historia de aproximación, exacto, pero justo cuando más cercanos están los dos personajes es cuando más conscientes son de que viven en mundos tan alejados que nunca tendrán la posibilidad de tocarse, de compartir un espacio en igualdad de condiciones. La vieja lucha de clases.

Es al irte a vivir a Francia cuando te has puesto a contar de manera más profunda Asturias. ¿Hay que irse para poder volver?

No es obligatorio irse, porque en Asturias hay mucha gente que vuelve a través de la memoria a la Asturias más gris en un viaje ineludible (véase Los niños de humo de Aitana Castaño). Pero no siendo obligatorio irse, sí es preciso volver. Este es mi caso.

¿Hay algo en el escritor gráfico que ahora vive en Francia, entre sus obras gráficas y sus clases de dibujo en un colegio, del polvo de carbón de las minas de Asturias?

No hay nada menos parecido a Asturias que mi colegio rural en medio de viñedos y campos de girasoles, donde la gente vive apaciblemente esperando la siembra o la vendimia. Aquí no hay industria ni castilletes, no suena la sirena del cambio de turno. Pero el polvo del carbón no se va y uno lo lleva consigo dondequiera que vaya. He montado un club de cómic con mis alumnos que quizá derivará en un sindicato minero si hay algo que reivindicar. ¿Quién sabe?