Nicolas Mathieu:" La ira es un combustible inagotable"

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El escritor francés publica su segunda novela, "Sus hijos después de ellos" (ed. ADN)

 

 

 

Texto: BEGOÑA PIÑA

Foto: ASÍS G. AYERBE

 

La adolescencia y la muerte de la clase obrera, las con- secuencias de la desindustrialización, el amor y el odio, el territorio… y “la vida misma, que no quiere que seamos buenos” son las obsesiones que se apropiaron de Nicolas Mathieu, un escritor enojado con el mundo que ha aprovechado su ira y la ira colectiva para encender el motor de su segunda novela, Sus hijos después de ellos (ADN). Con este libro, un autor que había pasado inadvertido para la inmensa mayoría ha conseguido una popularidad instantánea. Por supuesto, el premio Goncourt ha sido el detonante, pero es el mismo contenido de su ficción, una cruda crítica social y un retrato de la juventud desilusionada y sin esperanzas, el que ha conquistado a la crítica y a los lectores franceses.

Desde la experiencia vital de dos jóvenes, Anthony y Hacine, el escritor va siguiendo los pasos de los individuos que, en sus propias palabras, “deben crecer en un mundo que está llegando a su fin, convertirse en hombres en un valle donde lo que más importaba ha desaparecido: una cierta idea de vida, de solidaridad, de trabajo”. Anthony es un chaval de clase obrera, hijo de un parado y de una madre que vive aterrorizada. Hacine, unos años mayor, es hijo de argelinos emigrados a Francia y su futuro pinta igual de negro que el del primero. Con ellos, en estas páginas aparece Steph, una joven burguesa, a la que, como a los anteriores, ha invadido el aburrimiento de la vida en el valle. Son, en muchos de sus movimientos y sus emociones, reflejos de la vida del mismo Nicolas Mathieu, que consiguió escapar también de un valle deprimido y encerrado en sí mismo y ahora se ha convertido en una de las nuevas voces literarias más reconocidas en su país. Elogiado por los críticos sin excepción, ha cautivado especialmente a los especialistas del diario Libération, que han atinado muy certeramente al escribir sobre su obra: “Una novela escrita magistralmente, pero también un libro sobre política que arroja luz sobre el vuelco que en la actualidad sufre el mundo, dividido entre pudientes y desheredados”.

En su novela hace un retrato de los adolescentes de una región deprimida de Francia en 1990. ¿Quería mostrar a través de ellos las consecuencias de la desindustrialización?

En primer lugar, quería escribir una novela de aprendizaje, contar la historia de los niños que se convertirán en adultos, la prueba del tiempo, la dificultad de amar, crecer, los logros y las desilusiones de esta era de transición. Pero quería colocar esta historia en un lugar que me fuera familiar, la Lorraine. Yo mismo crecí en un valle que había experimenta- do esta desindustrialización, en los Vosgos, una meca textil en el pasado. Finalmente, una novela siempre se logra con la intersección de varias obsesiones. Para mí, fue la adolescencia y la muerte de la clase obrera.

Si usted creció en una zona como la de la novela ¿hay mucho de su propia experiencia en ella?

Crecí en una familia de la pequeña clase media, hijo único, muy querido, muy mimado. Pero, como Anthony, me enamoré de chicas a las que no les importaba. Al igual que Hacine, quería ganar dinero y pasé la mayor parte de mi tiempo fumando mierda con mis amigos. Como Steph, pasaba el día montado en una scooter con la esperanza de que algo finalmente pasara. Hay cosas mías por toda esta historia, y en ninguna parte. La biografía es una introducción. La historia nos aleja de ella. La escritura permite el acceso a un tipo diferente de verdad.

A pesar de ser Francia, en cual- quier lugar del mundo hoy se puede entender, ¿ha buscado esa empatía?

Cuando escribo no tengo un gran plan global. No creo que vaya a contar una historia sobre el mundo entero. Simplemente estoy tratando de ser fiel a mi experiencia de vida, de restaurar un poco de la realidad que me es familiar. Pero, de hecho, creo que compartimos muchas experiencias. Siendo un adolescente que no está cómodo dentro de su propia piel, experimentando un momento de crisis económica, conociendo la dificultad de envejecer o criar hijos… son situaciones que se encuentran en todo el mundo. Todo el mundo puede identificarse con ello. “Nada de lo que es humano es extraño para mí”, dijo el poeta Terencio. También se podría decir: tan pronto como se arregla algo humano en un libro, todos los

hombres pueden a partir de ahí encontrar su camino.

La apatía, la violencia, las drogas… ¿son una herencia de la generación anterior?


En primer lugar, no estoy de acuerdo con el término apatía. Por supuesto, los adolescentes se aburren mucho y los horizontes no son muy claros. Pero todos los personajes tienen hambre de vivir. Frente a la inercia, pese a la pesadez de las realidades a las que se enfrentan, todos mis personajes buscarán jugar su suerte, para darse cuenta de su escasa cuota de libertad. Buscan amor, borrachera, velocidad, éxito. A veces fallan. A veces se rompen o a veces tienen éxito. Pero no hay ningún personaje estático. Dicho esto, su situación no es fácil, es cierto. Y por una buena razón, ya que deben crecer en un mundo que está llegando a su fin, convertirse en hombres en un valle donde lo que más importaba ha desaparecido: una cierta idea de vida, de solidaridad, de trabajo.

Debutó con una novela negra, ahora ha apostado por una no- vela social, por una crónica. ¿Era premeditado el cambio? ¿Que- ría explorar nuevos territorios literarios?

No, para nada. Hasta el final pensé que había hecho una novela negra. Es decir, una novela que toma el pre- texto de un complot criminal para hacer crítica social, hablar de amor, odio, territorio, vida, etc. Y, básicamente, ese es el plan de mi libro. Simplemente, tuve que alejarme un poco de los cánones del género criminal mientras escribía el libro para que se volviera menos obviamente codificado. Cambió su categoría. Yo no. Y entonces la cuestión del género es indecisa. Las fronteras son muy permeables.

En su libro destaca el realismo. ¿Era especialmente importante para usted este elemento?

Es crucial. Pero es menos algo programado que una predisposición. Me gustan los libros realistas. Me encantan Zola, Flaubert, Annie Ernaux y Perec. En las películas, Piallat me molesta. De manera espontánea, traté de hacer esto también, de representar un poco de la realidad del mundo a través de la literatura.

Este es un libro de la ira, ¿usted también ha sentido o siente ahora ese enfado, esa ira?

Claro. No me escapo. Todo me toca y me duele. Recuerdos, chicas, el funcionamiento del mundo social, el triunfo diario de la estupidez, mis límites y la vida misma, que no quiere que seamos buenos. La ira, esta ira es un combustible inagotable. Riega el libro entero. Le da su energía, y le da su carácter explosivo, espero.

Es relevante el retrato que hace de la clase trabajadora, en eso la novela es muy política. ¿Es necesaria una postura política clara hoy entre los artistas?

No. Nada es necesario para los artistas. Cada uno hace lo que quiere, como crea conveniente. Simplemente, mi premisa, mi sentimiento del mundo es este: TODO ES POLÍTI- CO. Pero no en un sentido binario, del tipo "yo soy de izquierdas, tienes que hacer la revolución, aquí están la prueba y las ideas para hacerlo". En pocas palabras, somos animales políticos, condenados a vivir juntos, a pesar de nuestra relativa incapacidad para hacerlo. Describir a los hombres, sus efectos, sus organizaciones sociales, es en sí mismo un enfoque político. Evocar destinos dolorosos es también un punto de vista político. Tratar de decir lo real, en lugar de producir literatura de entretenimiento o sedación, sigue siendo un enfoque político.

¿Es importante explicar de dónde nace la deriva de la clase obrera hacia la derecha?

Eso es esencial, pero no sé si lo estoy explicando. Estoy describiendo. Es una tarea diferente, no necesaria.

Los antiguos comunistas apoyan hoy al Frente Nacional en Francia. Es un movimiento muy peligroso. ¿Quería advertir de ello, además de describirlo?

Se ha alertado sobre estos problemas durante décadas. Desde que era un niño, la gente ha sido moralista en las clases populares. Que los nerds, los artistas, las personas bien educadas y acomodadas hagan este trabajo ha demostrado ser totalmente inoperante en el campo político. Lo que trato de hacer es decir cosas, devolver un poco de la vida de la gente. Las soluciones son el problema, no el diagnóstico.

La novela describe el clasismo en Francia. ¿Es mayor hoy que antes?

Las clases siempre han existido. Lo que era diferente en la década de 1990 es que se pensaba que las clases se disolverían gradualmente en una especie de clase media grande. En realidad, el liberalismo produce desigualdades que reprograman la sociedad en su conjunto. Lo que está cambiando hoy es la movilidad social. En Francia, la sociedad se congela. Las posibilidades de ascenso son menores. Nacer abajo es un veredicto más cruel, menos reversible que en el pasado.

En su libro surge el nuevo clasismo de pobres y desempleados hacia los que son más pobres o hacia los emigrantes. ¿Hoy, en el siglo XXI, ha empeorado la situación?

Sí, creo que sí. Las cuestiones económicas y sociales han sido sustituidas por cuestiones de identidad. Si mi problema ya no es mi lugar en el mundo social, ni la distribución de los frutos del trabajo y del capital, sino la competencia con los extranjeros que amenazan mi forma de vida, las apuestas políticas cambian por completo. Por lo tanto, las clases trabajadoras se sienten, tanto económica como culturalmente, basadas en la identidad. Y el otro problema ya no es el que toma la mayor parte de la riqueza, sino el extranjero que amenaza mi propia parte. Creo que estos niveles de lectura son en realidad más utilizados, y más extendidos, que en el pasado. Lo son aún más a medida que los problemas migratorios se vuelven más calientes con la globalización y la crisis climática.

La violencia machista y familiar es común en los dos personajes protagonistas. ¿Por qué ha destacado esto?

Tengo un problema con ese tipo de preguntas, porque si empiezo a responderlas y a producir un análisis general, mis personajes dejarán de ser individuos y se convertirán en tipos. Ya no hablarán por sí mismos, sino por todos sus semejantes. Esto es en parte el caso, pero solo en parte. Digamos que algunos de los personajes del libro, su racismo, su relación con la masculinidad, son características des- tacadas de las clases trabajadoras, pero no los resumen, y no son universales.

¿Hacia dónde va una sociedad que convierte sus ciudades en parques temáticos? ¿Hay una ausencia de ideas y de responsabilidad en la clase política?

Me parece que empuja hacia la des- aparición de cierta grandeza. Pero no quisiera idealizar la era industrial, que sin duda fue un tiempo de prosperidad, pero también de sufrimiento social, de contaminación excesiva, de cosificación del ser humano. En cuanto a los políticos, trabajan con las herramientas que permanecen a su disposición. Las grandes opciones macroeconómicas les han eludido durante mucho tiempo. Y, además, los que asumen el poder parecen encontrar todo esto normal. Lo pragmático se adapta a todo. Eso es lo que se reconoce.

El fútbol aparece como aglutinador de las diferencias, pero eso fue hace unos años. ¿Qué queda ahora de aquello?

La victoria del 98 fue un momento de ilusión colectiva, de fusión nacional como pocos han existido. También podríamos hablar de la Liberación, o el momento Charlie, aunque no fue tan unánime. No sé si el fútbol es menos unificador que antes. En cualquier caso, la ley del mundo social es la división, las diferencias de riqueza, las fronteras, el tráfico. La unidad orgánica es siempre la excepción. Y sigue siendo ilusoria, temporal, inconclusa, necesariamente.

Thecibir el premio Goncourt por un libro como este ¿da esperan- zas de que los lectores, los ciudadanos, quieran cambiar el mundo que vivimos?

No, en realidad no. ¿Qué puede un libro contra la inercia, el pensamiento mainstream, las leyes del liberalismo, de la distracción con el espectáculo, del apego a la ganancia, del separatismo de las élites? Lo que me da esperanza es que el mundo en el que vivimos no es sostenible. Algún día ocurrirá un gran temblor. Así se hace la tectónica de las placas políticas. Y la crisis medioambiental es tal que las cosas, sin duda, no podrán permanecer como están. Queda por ver si el después será mejor o peor.