Vic Echegoyen: “seguimos igual de atados a las convenciones que hace 300 años"

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La escritora Vic Echegoyen, sobrina nieta del escritor Sandor Marai, publica "La voz y la espada" (ed. Edhasa)

 

 

Texto: DAVID VALIENTE

 

Vic Echegoyen (1969) ha publicado una nueva novela “La voz y la espada” bajo el respaldo de la editorial Edhasa. La sobrina-nieta del escritor húngaro Sándor Márai, nos sorprende con una historia de espadachines, o, mejor dicho, de una espadachina: la protagonista viste enaguas rotas, su apetito es parecido al de un león hambriento y se bate con la espada como si el mañana fuera una promesa incumplida. Huérfana de madre, su padre se ocupa de su educación, una educación que se aleja del estándar propio de la mujer de la época: Julia, nombre de la protagonista, a diferencia del resto de mujeres, no aprende a coser y a bailar, sino que asiste a las clases de esgrima impartidas a los pajes. Ambientada en la Francia del siglo XVII, los personajes que circulan por esta novela cuentan sus historias a través de diarios, lo que dota al libro de perspectivas diferentes que no dejan ningún cabo suelto y mucho menos al lector impasible. Una novela donde el vicio, la venganza caminarán junto al amor y la ternura, dándose entre ellos empujones para conseguir el dominio total sobre los personajes, a ratos sibilinos y crueles, cuando no sensibles y dulces.

Al igual que en “El lirio de fuego”, su anterior novela, “La voz y la espada” también está ambientada en la Francia de la Edad Moderna, ¿por qué ese interés por la Francia de esos siglos?

En la Edad Moderna se aglutinan una serie de factores que me resultan muy interesantes. Gran parte de la riqueza cultural europea se condensa en las obras de Molière, Shakespeare, Racine, Cervantes, autores que vivieron las anécdotas y, algunos de ellos, las campañas de esa época. La fascinación por Francia nace de su historia: la Francia del siglo XVI y XVII casi se destruye a sí misma con las guerras de religión. Sin embargo, lejos de autodestruirse, supera la crisis y renace más resplandeciente y modélica para el resto de Europa.

¿Qué elementos de la sociedad del siglo XVII cree que perviven en la sociedad actual?

La hipocresía: fingir que se vive una vida que en realidad no se siente. Muchas personas continúan viviendo una farsa de la que podrían liberarse con cierta facilidad; por ejemplo, reconociendo que no quieren a sus mujeres porque se enamoraron de otra persona o directamente desean cambiar su forma de vida, romper con lo establecido. Aunque parezca increíble, las personas seguimos igual de atadas a las convenciones que hace 300 o 400 años. Por eso la gente se miente a sí misma, manteniendo una fachada inútil cara a la sociedad.

¿Por qué mentimos? ¿Acaso no aprendimos de los errores?

Quizá para protegernos. La verdad duele.

Si leemos con atención su novela, apreciamos un machismo latente complementado con la cuestión de clase: a diferencia del común de las mujeres, las damas de la nobleza sabían escribir, leer, montar a caballo…

El aristócrata de turno no solo necesitaba a la mujer para procrear, de ella, también, se esperaba que hiciera las veces de bonito trofeo para poder presumir en la corte. La mujer ingeniosa le dotaba al hombre de mayor lustre. De ahí la necesidad de hacer mujeres ingeniosas que supieran leer y escribir, mientras que las mujeres de clase baja tenían que conformarse con oficios serviles, rechazados incluso por los hombres.

¿El trato despectivo del hombre como les afectaba a las mujeres de la nobleza?

No sé exactamente si había un trato despectivo hacia la mujer. En el siglo XVII, los hombres de la nobleza se jactaban de su caballerosidad, hacían poemas de amor a sus enamoradas, donde se declaraban sus fieles esclavos. Aunque la realidad del momento se encuentra bien reflejada en las tragedias francesas de la época; en ellas, reconocemos el ideal de amor perfecto, traducido muchas veces en violencia, presión social sobre ambos sexos y, de nuevo, mucha hipocresía. Quizá, por este motivo, las tragedias eran tan afamadas, desde los nobles al pueblo llano las disfrutaban.

Entonces, sentían una mayor empatía por ellas.

Las mujeres debían lograr la mejor versión de sí mismas para dar lustre al hombre, por esta razón se invertían grandes cantidades de recursos y se les proporcionaba una educación esmerada en disciplinas tan variadas como el baile o los idiomas. Muchos de los profesores venían del extranjero, eso suponía unos honorarios muy elevados. Por lo tanto, al noble no le interesaba que su esposa muriera. Volver a casarse implicaba gastar cantidades elevadas de recursos, otra vez. Las podían querer o no, pero las valoraban, ya que parte de su prestigio social estaba en las manos de ellas.

Las malas lenguas dicen que Madame Montespan fue quien achuchó a Luis XIV para cargar contra los hugonotes. ¿Tanto poder llegaba a tener la mujer de la nobleza?

Si conseguían influencia sobre el rey, bien como Madonna o bien como puta, entonces obtenían todo lo que quisieran, incluso para sus propios fines políticos y religiosos. En los tiempos de Luis XIV política y religión conformaban un binomio, por esta razón Madame Montespan disfrutó de tanta influencia sobre Luis XIV, un devoto católico; a cada instante le recordaba que los vicios de Versalles lo condenarían al fuego eterno y que la única forma de salvarse era expulsando a quienes no comparten el dogma católico.

Julia aprende a vencer a los hombres, aprovechándose, entre otras cosas, que su centro de gravedad estuviera más abajo que el de los espadachines.

Julia lo convierte en una ventaja, en el arma secreta que empleará para vencer a los espadachines. De ahí el interés de Julia de que nadie se entere de su secreto. De todos modos, nadie lo puede saber ya que ningún maestro de esgrima se ha interesado en conocer la anatomía de la mujer aplicado al combate. Por esta línea van los consejos del padre, que ella emplea con maestría: si un contrincante se muestra fanfarrón y violento, finge ser cobarde y apocada.

Cuando Gastón d’Aubigny, el padre de Julia, se entera de que la joven quiere visitar al conde Armagnac, se niega por completo porque conoce la vida disoluta del conde. ¿Miedo, celos, ansias de protección hacia su hija?

Gastón siente celos edípicos. Por un lado, comprende que su hija ha dejado de ser la niña modelada a su imagen y semejanza, que ya es una mujer con un gran parecido a su esposa muerta. Por otro lado, tiene miedo a perder su afecto porque es lo único que lo ancla al mundo y lo aleja de la vida disipada que llevaba antes del nacimiento de Julia. Cuando descubre que su hija y el conde no han mantenido relaciones sexuales, porque Julia quiere a Armagnac como a un padre, Gastón se derrumba; ya no tiene motivos para vivir.

¿El gran pecado de los hombres de Julia es que no han confiado en ella? Hemos hablado del caso Gastón, pero al marido, Juan de Maupin, le ocurre lo mismo.

Efectivamente, la desconfianza del marido precipita su huida.

¿Y Julia? ¿No comete pecados?

Julia cae en todos los pecados: ira, soberbia, lujuria, gula. Especialmente, reincide en la ira. Es cierto que se cometen muchas injusticias contra Julia, injusticias que no duda en vengar, pero, en ciertas ocasiones, su venganza está controlada por la ira, siendo implacable en sus actos. En esos momentos, no sabe perdonar. Solo aprende cuando se encuentra con su gran amor quien la dulcifica el carácter. Lo trágico de la biografía de Julia es que, una vez conseguida la madurez personal, pierde al gran amor de su vida.

La familia del Conde me recuerda a los intocables de nuestro siglo, ¿cómo ha cambiado la intocabilidad desde el siglo XVII hasta ahora?

Ahora, hay más mecanismos para que no hagan de las suyas y, por supuesto, para darles su merecido escarmiento, cosa que el siglo XVII no había. Si a esto le sumamos el hecho de que la vida de una persona en esa época- especialmente la vida de las mujeres y los niños- tenía un valor irrisorio y que cuanta mayor impunidad se producen mayores transgresiones, la manga ancha para actuar estaba servida. Pero en pleno siglo XXI, con las redes sociales y las cámaras en los móviles, es más fácil pillar in fraganti a alguien trasgrediendo las reglas. Esto hace que la gente se modere un poco, salvo en ciertos círculos, donde estos mecanismos no entran.

¿Luis XIV hizo del secreto una manera de mantener a sus amigos cerca y a sus enemigos aún más?

Era su forma de chantajearlos: yo conozco unos secretos de ti que seguramente no quieras que salgan a la luz, estate calladito y pórtate bien y el secreto queda entre nosotros dos. Pero esta modalidad de chantaje no ha desaparecido, algunas personas poderosas lo siguen empleando.

Pero muchas veces, me da la sensación de que Luis XIV no sabe con exactitud de quién se rodea…

Luis XIV fue pupilo de uno de los hombres más corruptos, depravados, inteligentes y manipuladores que han existido, el cardenal Mazarino. Luis en realidad se enteraba de todo lo que sucedía dentro y fuera del palacio, simplemente esperaba el momento oportuno para abrir los ojos; tuvo buena escuela. No necesitamos alejarnos mucho de la diestra del Rey Sol para darnos cuenta hasta qué punto su falta de escrúpulos y astucia marcaban las relaciones con su corte; el pobre Colbert, su mayor apoyo, cayó en desgracia sin merecerlo cuando a Luis XIV le resultó oportuno.

Al final, a Luis XIV sus armas se le volvieron en contra.

Sin duda. Perdió a muchísimos hugonotes que formaban parte de la Intelligenza de aquella época: grandes impresores, grandes intelectuales, filósofos, artistas, que se exiliaron en Inglaterra y Holanda, donde los recibieron con los brazos abiertos y nunca regresaron a Francia.

Y París, ¿era tan peligroso como refleja en la novela?

Era peligrosísimo. El París del siglo XVII tuvo que soportar las epidemias, las inundaciones, las corruptelas, la inseguridad en las calles. Todo era un caos, en muchos aspectos seguían anclados en el Medievo.

La modernidad solo llegó al estado.

En Francia las reformas se hicieron de arriba a abajo. Luis XIV se llevó la corte a Versalles y desde allí, gracias a la ayuda de sus colaboradores de confianza, comenzó a cambiar las cosas en el país. Pero llevó mucho tiempo, no podía hacer los cambios de la noche a la mañana, sino la población se le amotinaría.