Hernán Migoya: “Voy a seguir siendo mestizo toda mi condenada vida”

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Su última novela “Baricentro” es un volver a la infancia y adolescencia en su barrio del extrarradio

 

Hernán Migoya C Johanna Valcárcel 2

 

 

Texto: SUSANA MARTÍNEZ  Foto: JOHANNA VALCÁRCEL

 

Hernán Migoya, el gran provocador, ha escrito un libro que por fin va a poder leer su madre. En las páginas de “Baricentro” (Reservoir Books) nos lleva al paisaje de su infancia en el extrarradio de Barcelona, un lugar de emigración y calles duras que mira sin edulcorantes, pero con ternura. La llegada del primer centro comercial que se abrió en España se convierte en el epicentro de este relato en que el escritor de Barberá del Vallés echa la mirada atrás. Migoya ha tenido que alejarse miles de kilómetros e irse a Lima, donde reside desde hace años, para reencontrarse con las calles donde creció y que conformaron quien es.

 

¿Baricentro es la novela del Migoya más verdadero?

No, más verdadero no. Yo soy como un personaje de Wilde, cuanto más artificioso, más genuino. Simplemente quería romper una lanza por la gente que comparte mi origen y mi condición de carne proletaria de extrarradio. Y de paso homenajear a mi madre. Ya tocaba escribir un libro que ella pudiera leer sobre quiénes somos y las vicisitudes sufridas por las familias inmigrantes que venimos de un abajo remoto. Sólo que en realidad me ha vuelto a salir un libro que ella tampoco puede leer.

 

Baricentro¿Por qué esa mirada a la infancia? ¿Hernán Migoya se hace mayor?

Sí me hago mayor, pero en realidad ya escribí sobre la infancia en mi primera novela, ‘Observamos cómo cae Octavio’, a mis 35 años. Así que no es por la nostalgia. Más bien me di cuenta de que ahora que no vivo en Barcelona ya no le tengo tanto miedo a afrontar ciertos temas. Ya no le tengo tanto miedo al pensamiento único, ni a bromear y reírme de ciertas actitudes ridículas y discriminatorias, ni a lo que se considera de buen gusto o mal gusto.

 

La lectura, las películas, el cómic… ¿qué supusieron para un chaval de extrarradio?

Pues la vida, claro. La vida que no te permitían en nuestro país. Incluso las obras que no te permitían crear en nuestro país. Porque en la biblio del pueblo uno podía leer a D. H. Lawrence, cuando en nuestro establishment cultural te decían que era un escritor frívolo y burgués (no entendían nada, los pobres); y veías ‘Conan el Bárbaro’, que te decían que era facha; y leías ‘Hitler SS’, que era de un punk ya escandaloso entonces, inimaginable hoy. Todo eso supuso darte cuenta de las mentiras de las que estabas rodeado por culpa de los monjes marxistas y los biempensantes derechones.

 

Y en 1980 se construye el primer centro comercial de España, Baricentro, precisamente en Barberà del Vallés ¿Qué supuso para el barrio y para Hernán Migoya?

Con Baricentro llegó a mi pueblo Mr. Marshall. Llegaron las hileras interminables de comida, llegaron las galerías de máquinas de videojuegos, llegaron las librerías por contraste con las papelerías del barrio, y llegaron las revistas de tías en bolas que uno podía hojear con quince años a pie de expositor. Llegó el parque temático del ocio y el consumo. Y sobre todo llegó la alegría estadounidense por la horterada, los colorines y el derecho a la felicidad, en contraposición con ese ateísmo católico tan gris, triste y austero del que procedíamos la clase obrera. En Barberà afortunadamente nuestro ascetismo era compensado por la inmigración andaluza, mucho más salerosa que la nuestra.

 

¿Piensas que todavía existen esos dos “mundos diferentes” entre los charnegos y los catalanes-catalanes que retratas en tu novela?

Sí, claro. Y todavía existe también el far-west de la periferia. Pero ojo, porque eso no está vinculado a la lengua. Hay muchísimos ciudadanos de extrarradio cuya lengua materna es el catalán y que también sufren sus propias injusticias y tienen que hacer sus propias concesiones a ese entorno. Ahora tu origen no es tan importante, lo importante de cara a la galería es que tiendas hacia la PUREZA y lo demuestres continuamente. Debemos ser puros como los patriotas nacionalistas, que se sienten tan puros como se pretende también su contraparte españolista. Y a mí no me da la gana. Voy a seguir siendo mestizo toda mi condenada vida, para unos y para otros. Varios amigos míos independentistas creen realmente en esa nueva nación, y yo lo respeto pero no puedo formar parte de ello, sería como excluir a la mitad de mi pueblo o como sustituir un trapo por otro. Por suerte, ya no es mi guerra.

 

¿Cómo es el charnego de 2020?

Pero el nuevo charnego de hoy es principalmente africano, confinado a los mismos territorios que los antiguos charnegos.

En el extrarradio estamos mezclados y hay un mestizaje real, si bien todavía pervive un aire de benevolencia en el burgués barcelonés hacia nosotros. Lo que intento evitar en el libro es la fácil politización de una realidad cultural: yo unos días me levantaba con el deseo de seguir en España y otros ansiaba que se consumara la independencia para que con ese nuevo comienzo unos y otros dejaran de considerarse enemigos. Los dos bandos construyen su identidad nacionalista contra esos “enemigos” sin darse cuenta de que son idénticos en su esencia y que se necesitan mutuamente. Pero en el fondo lo que yo he querido siempre es algo cuya imposibilidad práctica decidió mi huida de Barcelona: un clima real de convivencia.  ¡Tenemos dos culturas riquísimas y maravillosas conviviendo, joder!

Ambos bandos me obligaban a odiar y yo no quise eso. Así que me fui. Y gracias a ello he mantenido a todos mis amigos, los que están a favor de la independencia y los que están en contra.

 

Hace siete años que vives en Perú, ¿es necesario alejarse para poder apreciar lo que se ha dejado atrás?

Es muy recomendable vivir siempre una larga temporada en otro país. Redescubres las cosas de tu país natal con mucha mayor perspectiva. Te ríes de las discusiones políticas, por ejemplo, yo no puedo parar de reírme cada vez que leo u oigo las disputas entre la derecha y la izquierda españolas. Y en efecto, también echas de menos las cosas buenas de tu lugar de origen: por ejemplo, extraño horrores las playas nudistas y el vino a buen precio.

 

¿Qué es lo mejor y lo peor de vivir en Lima respecto a Barcelona?

Lo mejor es que los limeños son muy naturales en el trato, mantienen esa emocionalidad sin crispación que los españoles han perdido por adaptarse a la rigidez europea. En los últimos 40 años los peruanos han pasado circunstancias mucho más duras y trágicas que los españoles, pero aun así se relacionan con tranquilidad, sin miedo y sin haber perdido el sentido del humor. No basan sus relaciones en la discusión. El entorno es mucho más relajado, además, la vida realmente se simplifica, lo que va genial para escribir. Y el Estado no existe, particularidad que insufla una sensación estupenda de libertad. Lo malo es que hay áreas donde el Estado sí debiera existir: por tanto, lo peor del Perú actual a mis ojos sería la educación que padecen los niños peruanos y la sanidad, en manos de clínicas privadas vampíricas que padecemos todos.

 

¿Crees que existe una literatura de la periferia que se adentra en los barrios situados al margen de las grandes ciudades, ya sea Madrid, Barcelona o Lima?

No lo sé porque leo muy poca literatura contemporánea. Suelo leer solamente autores muertos, para no celarme. Pero digamos que sí, que existe. Y si no existe, tampoco seré el primer escritor que miente en público.

 

Tus padres, tu hermano, tus tíos y primos… tienen un papel fundamental en tu novela, ¿eres un hombre familiar?

No soy una persona familiar. Me pasé media vida alejándome de la sobreprotección de mi madre y creo que acabé demasiado lejos. Tal vez por eso, sí, le debía este libro. Siempre he mantenido una relación fabulosa con todos mis familiares, con todos. Pero a mis padres les debo además la tolerancia con que me permitieron plantear mi futuro. He tenido mucha libertad para vivir y para cumplir mis sueños, y ha sido principalmente gracias a ellos dos. Casi ningún escritor procede de un hogar feliz, así que tengo mucho que celebrar, y de eso te das cuenta, normalmente, cuando ya los padres y uno mismo están mayorcitos.

 

¿Cómo lleva Hernán Migoya vivir en un mundo “políticamente correcto”? ¿Añora los años 70 y 80 mucho más incorrectos?

No creo que este mundo sea tan políticamente correcto. Yo sigo viendo cosas que me sorprenden: por ejemplo, visualmente el cine es mucho más duro en cuanto a explicitud de violencia y sexo. Hay modas morales, eso sí, y en otras cosas se ha avanzado. Sin ir más lejos, ahora hasta me consideran un buen escritor.