Almudena Grandes: “Hoy no existe novela alguna que no sea realista”

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Entrevistamos a Almudena Grandes en ocasión de su nueva novela, "La madre de Frankenstein" (ed. Tusquets)

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: ASÍS G. AYERBE

 

A una hora de que comience la presentación, fuera de la biblioteca un gran número de lectores esperan a que se abran las puertas. Todos llevan consigo un ejemplar de La madre de Frankenstein (ed. Tusquets), la nueva novela de Almudena Grandes dentro de la serie Episodios de una guerra interminable. Ambientada en los años cincuenta, la nueva novela cuenta la historia de Aurora Rodríguez Carballeira, una mujer feminista, culta y activista que en 1933 asesinó a su hija Hildegart, una joven superdotada que quería independizarse del férreo control de su madre. Aurora pasó sus días en el manicomio de Ciempozuelos, escenario principal de la novela.

Al descubrir, a través de su novela, la figura de Aurora Rodríguez Carballeira es difícil no recordar las palabras que Carmen de Burgos dedicaba a la que debía ser la mujer moderna. Y es que, ¿acaso Aurora no podía haber sido aquella mujer moderna sobre la que Burgos escribió?

Sin duda. Aurora tenía todas las condiciones para haberse convertido en un referente de la mujer moderna en España. Era una mujer muy inteligente, muy culta y autodidacta. Era rica y esto es algo muy importante para tener en cuenta, puesto que su acomodada situación económica le permitió ser independiente y emprender proyectos sin la necesidad de estar casada ni depender de ningún hombre. Además de todo esto, Aurora era una mujer que no rehuía la esfera pública: le gustaba dar conferencias, escribir artículos, participar en foros feministas… ¿Qué es lo conmovedor de su historia? La enfermedad mental que padecía y que arrasó con todo lo que había en ella y con todo lo bueno que había en su hija.

Enfermedad que aparece cuando su hija decide emanciparse de su estricta tutela.

Hoy ya no se habla de la “paranoia pura”, que fue lo que le diagnosticaron a Aurora y que hacía referencia a un tipo de paranoia que no estaba asociada a ningún otro trastorno. La paranoia es un trastorno mental que no afecta a las facultades intelectuales: un paranoico, mientras las circunstancias vitales se lo permiten, es una persona independiente que lleva una vida iguala a de todos nosotros. Eso sí, la paranoia se caracteriza por la coexistencia de delirios persecutorios y delirios de grandeza. El delirio de grandeza de Aurora se expresaba en su sentirse una transformadora social y en su convencimiento de que había venido al mundo con la misión de mejorar el destino de la humanidad. El deseo de su hija de emanciparse despertó en Aurora delirios persecutorios: estaba convencida de que las potencias internacionales la rondaban, se sentía vigilada y temía que la querían reclutar. Cuando, Hildegart le dijo que quería ir a Inglaterra, Aurora creyó que las potencias habían logrado su propósito, que le habían robado a su hija y que ella debía matarla para así poder salvarla. Aurora tenía todas las características propias de la paranoia: en una situación de serenidad, los delirios son asintomáticos, pero, cuando se produce una alteración, se manifiestan.

Su hija fue para ella un prototipo de joven a la que, cuan Prometeo, debía dar forma. Años más tarde, ya en el manicomio, hacía muñecas de trapo, en las que proyectaba los ideales de mujer que ella tenía en mente.

Yo había conocido la historia de Aurora como asesina en la película de Fernando Fernán Gómez. Cuando en 1989 publiqué Las edades de Lulú salió también El manuscrito encontrado de Ciempozuelos, libro escrito por el psiquiatra Guillermo Rendueles, que había hecho la residencia en el manicomio de mujeres de Ciempozuelos y que ahí cuenta y analiza la historia clínica de Aurora. Se trataba de un libro brillante que modificó mi idea inicial Aurora, en cuanto la retrataba como a una enferma mental abandonada en un manicomio que, hasta el final, se mantiene fiel a sus delirios hasta el punto de que, en los años cuarenta, cuando ya no tenía ninguna posibilidad de movimiento, seguía convencida de que su propósito era mejorar el destino de la humanidad. Pero, como no tenía posibilidad alguna de crear una nueva modelo de mujer como había hecho con su hija, se dedicaba a fabricar muñecos de trapo, a los que quería transmitirle sus ideas. La comparación de Aurora con el doctor Frankenstein estaba ya en Rendueles, pero me pareció interesante asumirla y atribuírsela al personaje de María

Aurora vive en una institución, el manicomio, que sirve también para encerrar a mujeres que no tienen nada de locas, pero que rompen con las normas morales y sociales impuestas por el franquismo-

Esencialmente, en los manicomios había enfermas mentales, pero es verdad que, desde antes de la guerra y durante todo el franquismo, se convirtieron en instituciones a través de las cuales encerrar a mujeres incómodas para sus padres o maridos. Hay que tener en cuenta que, durante el franquismo, las mujeres que no cumplían con determinadas normas, que se enamoraban de hombres “equivocados” o que resultaban incómodas a sus maridos, que querían empezar otra relación, podían ser inhabilitarlas y, consecuentemente, encerradas en una institución de enfermos mentales. En estas instituciones terminaban, por tanto, mujeres rechazadas por sus maridos, pero también chicas rebeldes que no acataban la voluntad de la familia y tomaban sus propias decisiones.

Usted señalaba en una entrevista que, mientras la represión de los años cuarenta se caracteriza por ser particularmente sangrienta, la represión de los cincuenta se basaba en el miedo.

Sí, en los cuarenta hubo una represión feroz: reclusiones, fusilamientos, muerte, gente a la que se le arrebató todo… Y como todas las represiones terminó cuando ya no quedó más gente a la que fusilar, a la que robar, a la que encarcelar. Los cincuenta fueron años en los que se apagó la esperanza de que los aliados podían quitar a Franco del poder. Por tanto, fueron años en los que se desactivó la lucha armada, que hasta entonces había servido para presionar la intervención internacional en favor de una causa que, por entonces, se daba ya por perdida. En líneas generales, la fama de los cincuenta es engañosa, en cuanto se tiende a pensar que es una década tranquila y relativamente pacífica. Sin embargo, se ejerció un terror distinto al de la década anterior, pero que no dejaba de ser terror. Son los años del florecimiento radical del nacionalcatolicismo, que es una especie de apaño ideológico de ocasión que expresa la unión indisoluble entre la iglesia católica y el estado franquista. ¿En qué consistía, por tanto, el terror de los cincuenta? En que todo era pecado y todos los pecados eran delitos. El estado tenía el poder de intervenir en la intimidad de la gente. Eran años en los que, para todos, pero especialmente para las mujeres, la espontaneidad era peligrosa, los impulsos eran peligrosos, todo era peligroso. Son los años de las mujeres que se desgracian, de las mujeres echadas a perder o que se convierten en deshechos sociales cuando se enamoran de hombres que no deben, porque no pertenecen a su clase social o porque ya están casados.

De ahí el poema de Ángel González con el que usted inicia la novela.

Aquel poema concluye, de hecho, con la idea de que lo único que se puede hacer en España es estar solo. Y así era en los años cincuenta: era muy difícil tener amigos, cultivar una intimidad, enamorarse… Con esta novela, quería contar esta dolorosa situación y hacerlo desde el margen del margen como es un manicomio como el de Ciempozuelos, donde estaban encerradas las personas que menos importaban a la sociedad: las mujeres y, sobre todo, las mujeres enfermas mentales. En este sentido, me interesaba convertir el manicomio en el microcosmo reflejo de ese gran manicomio que era la sociedad de aquellos años.

Leyendo su novela mi viene a la mente Foucault, cuando señalaba que las cárceles y los manicomios son esos espacios otros en los que la sociedad esconde los individuos que rechaza, que no reconoce.

Esto que comentas tiene que ver, en parte, con la reflexión que realiza la directora del manicomio, cuando observa críticamente como, en realidad, las internas no importan a nadie. Sus familiares las llevan al manicomio y, una vez instaladas, se van y nunca vuelven a visitarlas. De mientras, abandonadas por todos, las internas son sometidas a todo tipo de prácticas sin que nadie diga nada: electroshock, baños helados, comas inducidos… En una dictadura en la que la represión es tan omnímoda y el miedo es absolutamente terrorífico estas prácticas apenas sorprenden. Y sorprenden todavía menos en una dictadura como la franquista, donde prevalecía una concepción casi medieval de los trastornos mentales: el loco era considerado una figura dentro del plan de Dios y, por tanto, una figura a la que no se le podía curar, pues no se puede ir en contra de la voluntad divina.

Su novela subraya de qué manera la psiquiatría de López Ibor y de Vallejo Nájera se puso al servicio del régimen.

En mi opinión, el régimen y la psiquiatría formaban un todo. Vallejo Nájera forma parte del Movimiento Nacional desde el primer momento y sus libros sobre eugenesia se publicaron durante a la guerra, convirtiéndose en textos claves para el discurso franquista. Él defendía que el Estado, para garantizar una descendencia óptima, debía intervenir en las relaciones personales, en la conformación de las parejas. Sus teorías, por tanto, están desde el inicio imbricadas en el nacionalcatolicismo. Ten en cuenta que la psiquiatría es una rama médica que, sin embargo, no se ocupa del cuerpo, sino del alma o del espíritu de las personas. De ahí que tenga una capacidad enorme de intervenir las emociones y los sentimientos de las personas; es decir, de intervenir su intimidad. Esto le concede a la psiquiatría mucho poder a la hora de construir una atmósfera sentimental determinada. En el caso de Vallejo Nájera, la teoría del gen rojo funciona como un paraguas que ampara crímenes sistemáticos de la dictadura. Y es que para Vallejo el comunismo era un gen vinculado a la imbecilidad mental. De ahí que para él todos los marxistas fueran imbéciles y era necesarios suprimirlos para garantizar la raza española.

Las teorías eugenistas de Vallejo Nájera no está muy lejos de las teorías nazis sobre la pureza de la raza.

La única diferencia que había entre Vallejo Nájera y los eugenistas nazis que promovieron el holocausto es que Vallejo, al ser católico apostólico y romano, no era partidario de las esterilizaciones, porque consideraba que las esterilizaciones interrumpían el plan de dios. Es decir, para el psiquiatra español un niño concebido no nacido debía nacer. Pero una vez nacido, lo apropiado era quitárselo a sus padres para entregarlo a una familia de probada calidad, patriótica y católica, que con una educación adecuada pudiera contrarrestar la pésima herencia genética del niño. Esto nos puede parecer, hoy en día, el argumento inverosímil de un cómic. Sin embargo, la teoría eugenista amparó el robo de niños, pero también los fusilamientos masivos de la posguerra. Se asesinó a un elevado número de personas, con la excusa de que el marxismo era una enfermedad que debía ser combatida, porque de lo que se trataba era de limpiar la raza española para asegurar así un futuro mejor.

Y lo más vergonzoso es que el robo niños tuvo lugar hasta los primeros años de la democracia.

El fenómeno de los niños robados tiene un origen político. Se empezó robando los hijos de las republicanas encarceladas y, de hecho, se construyó la cárcel de lactantes, en la que se encerraban presas republicanas con sus hijos, que les eran sistemáticamente sustraídos. Lo que sucede es que, llegados a un punto, ya no hay embarazadas presas políticas, pues, una vez encarceladas, era imposible que estas mujeres se quedaran embarazadas. Sin embargo, el mecanismo del robo de niños, que eran entregados a familias que lo solicitaban, ya estaba en marcha. Así que, muy pronto, lo que comenzó siendo una medida política se convirtió en un negocio y las víctimas de estos robos ya no solo fueron las presas republicanas. En este negocio participaban todos: médicos, enfermeras, sacerdotes, monjas… Todos ellos formaban parte de un sistema muy engrasado que les daba ganancias aseguradas. Como te puedes imaginar, un manicomio de mujeres era el lugar ideal donde robar a niños sin que nadie dijera nada.

En abierta oposición a las teorías de Vallejo Nájera está su personaje Germán Velázquez, tras el cual se esconde Carlos Castilla del Pino.

El verdadero protagonista de la novela es Germán, un psiquiatra que logra exiliarse en 1939, pero que, en la década de los cincuenta, decide volver por unos tormentosos motivos personales. Germán es un hombre que se fue de España siendo muy joven, con solo diecinueve años, y que cuando vuelve se encuentra con un país que no solo no entiende, sino que le rechaza. Como dice su amigo Eduardo, Germán es un marciano que no consigue comprender el mundo y la realidad que le rodea. Si a cualquiera de nosotros nos llevaran ahora a esos años cincuenta en los que vive Germán, nos sentiríamos extraños como él y nuestra mirada no sería muy distinta a la suya. Él es alguien que descubre la España desde fuera, estableciendo con el país unos vínculos sentimentales muy fuertes, pero sin terminar de sentirse cómodo. Es muy significativo lo que le dice Eduardo al inicio de la novela, cuando trata de explicarle cómo es el país al que Germán ha regresado: es un manicomio muy parecido al manicomio de mujeres en el ambos trabajan. Eduardo le dice que España es un país de locos que, de haber sido un paciente, lo habrían achicharrado a electroshocks. A través de Eduardo, Germán trata de comprender España, a la que sigue observando con una mirada extrañada, la mirada de alguien que sabe que hay otros países y otros modos de vida. De ahí que se estremezca al ver en qué se ha convertido el país en el que creció.

Y la figura de Castillo del Pino y sus memorias fueron imprescindibles a la hora de construir a Germán.

Sí, en efecto. Leí las memorias de Castillo del Pino hace muchos años y tuve la suerte de conocerlo. Pero nunca me habría podido imaginar que, con el tiempo, se convertiría en alguien tan importante para mí. Sus memorias son excelentes, él escribía maravillosamente bien. Cuando comencé a preparar esta novela, las releí y, como te decía, me resultaron mucho más valiosas de cuanto yo me hubiera podido imaginar. Carlos nace en 1922 y Germán, mi personaje, en 1920. Cuando Germán regresa a España, se encuentra con ese mismo país que Carlos describe en sus memorias, de las que aprendí muchísimas cosas sobre el nacionalcatolicismo, sobre los cursillos de cristiandad, sobre Vallejo Nájera y López Ibor. Pero, sobre todo, gracias a sus memorias respiré la asfixia y el sofoco de un país como la España de entonces, en la que Carlos no era bienvenido. De hecho, López Ibor y Vallejo Nájera hicieron de todo para que no llegara a la universidad, así que él terminó en un dispensario en Córdoba. A los pocos años de llevar el dispensario, él tenía más estudiantes que muchas universidades, de las que fue apartado. Me interesó muchísimo su modo de ver España y la psiquiatría, pero sobre todo su manera de acercarse a los pacientes y a sus enfermedades.

El personaje de María nos recuerda que tener libertad y ser libre son dos cosas muy distintas.

Para mí esta es una diferenciación esencial para entender la vida en la dictadura. En una democracia, obviamente, estar en libertad implica también ser libre, pero esto no es así en una dictadura. Durante el franquismo, había muchas personas que estaban en libertad, que no tenían restringidos sus movimientos, pero que no eran libres. El personaje de María es el reflejo de cómo durante el franquismo las mujeres podían estar la libertad, pero no eran libres para elegir, para tomar decisiones, ni tan siquiera con respecto a su vida privada. Pepe el portugués, el revolucionario profesional de mi serie de novelas, por el contrario, es alguien que está en busca y captura, pero que, en el fondo, es libre. María representa la vida de las mujeres en una época en la no se las consideraba para nada y, tanto las ricas como las pobres, estaban sujetas a la autoridad de sus padres o maridos.

Al final de la novela usted reconoce su deuda y su admiración por una novela como Tiempo de silencio.

Releí Tiempo de silencio porque el protagonista es un científico, porque me interesaba el retrato de Madrid que en ella se hace y porque el autor, Luis Martín Santos, era un psiquiatra amigo del Castillo del Pino. De hecho, los dos padecieron unos problemas similares a la hora de hacer carrera en la universidad. Siendo más joven, había leído varias veces la novela de Martín Santos y hace algunos años vi un montaje teatral espectacular que se hizo en la Abadía, en Madrid. Yo estaba convencida de que no me gustaría y, sin embargo, fui a verla dos veces de cuánto me entusiasmó la adaptación teatral. Como en las memorias de Castillo del Pino, en Tiempo de silencio también flota el polvo de aquellos años, marcados por la miseria, por la brutalidad de la miseria. Quise citarla en las notas finales, porque me di cuenta de cómo, releída mucho tiempo después, Tiempo de silencio es una novela todavía mejor de cuanto me lo pareció la primera ver que la leí.

En un momento en el que la no ficción y/o la autoficción triunfan, usted se inscribe en la tradición galdosiana y reivindica la ficción.

Yo soy muy partidaria de la ficción, a la que considero una herramienta tan buena como cualquier otra para pensar la realidad. Como lectora, además, me gusta mucho la ficción y, sin darte ningún nombre, sí te puedo decir que he leído más de un libro reciente que me ha decepcionado, porque parte de una historia real ficcionada realmente potente que me interesa, pero que está trufada de capítulos donde el autor habla de sí mismo. Yo me salto todos estos capítulos, porque me da igual la vida del escritor. Por lo que se refiere a Galdós, ha sido un escritor muy maltratado en la segunda mitad del siglo XX. La generación del 27, edad de oro de la cultura española del siglo XX, se fue al exilio amando España a través de Galdós. Díptico español de Luis Cernuda es el mayor homenaje que se pueda hacer a un escritor y Cernuda se lo hace precisamente a Galdós. Buñuel, en una entrevista con Max Aub en los años sesenta, dijo que la única influencia que reconocía era la de Galdós. Por su parte, Max Aub escribió El laberinto mágico siguiendo el modelo de los Episodios Nacionales e, incluso, una de las novelas de El laberinto mágico acata, en parte, el mandato de Casandra, en cuyo prólogo Galdós dice que los novelistas del futuro mezclarán novela y teatro. Asimismo, nada más llegar a Buenos Aires, Alberti editó a Galdós. Por tanto, hay un amor constante de los escritores más prestigiosos de la cultura española por Galdós. Sin embargo, este amor no fue capaz de contrarrestar la ojeriza de los segundones.

Se suele citar siempre a Juan Benet como uno de sus principales detractores, al menos en tiempos más contemporáneos.

Hay un cainismo en la cultura española que a mí me revienta mucho. Está muy bien que ames a los autores a los que amas y está muy bien que no te gusten los autores que no te gustan. Lo que no entiendo es que te conviertas antes en un militante de los autores que no te gustan que en un publicista de los autores que te gustan. En cualquier caso, hay que decir, ante todo, que a finales del XIX Galdós fue capaz de inventar un formato que sigue vigente en el primer tercio del siglo XXI: la novela realista. Y, después, hay que señalar que un siglo después de su muerte, hablar de novela realista es un pleonasmo. No existen abordajes narrativos que no sean propios de la novela realista. Estamos viviendo en una época de grandísimo furor de la literatura fantástica, pero estos mundos ficticios o imposibles son narrados con la técnica de la novela realista. Después de tanto encono en derribar la nave de la novela realista, hoy podemos decir que no existe novela alguna que no sea realista.