“Hubiéramos aminorado el impacto del covid-19 con una atención primaria que llegara a toda la sociedad”

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El doctor Javier Padilla y el epidemiólogo Pedro Guillón han publicado “Epidemocracia”

 

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Texto: David VALIENTE

 

Epidemiocracia, de Javier Padilla y Pedro Guillón, es uno de esos libros de emergencia, que se escriben en momentos de crisis con la finalidad de afrontar los problemas que nos han llevado a esa crisis o que se han producido durante la misma. Muchos de estos libros de emergencia se escriben con una actitud pendenciera y buscan, mediante la diatriba, encender a una población generalmente en llamas, a punto de carbonizarse. Por suerte, este tipo de libros solo son atendidos por pequeños grupos sectarios con menos peso social que William McGonagall en sus mejores tiempos. Otros libros, en cambio, pretenden levantar el ánimo a una sociedad al borde del abismo pero con un lenguaje poético vacío de ideas. Epidemiocracia (Capitán Swing) propone soluciones a la vez que nos muestra los núcleos problemáticos que nos han conducido a esta situación inimaginable a principios de año. Es un libro escrito por dos especialistas que trabajan uno como médico de familia y, el otro, como investigador en cuestiones epidemiológicas. Una combinación perfecta apreciable en cada una de las páginas, donde no hay espacio para las divagaciones sin sentido, solo para la divulgación y la buena praxis, adquirida en sus años de experiencia.

Javier, en Epidemiocracia trata de nuevo temas que ya tocó en su anterior libro: prevención antes que curación, sanidad pública por encima de sanidad privada, salud comunitaria como garante de la salud individual.

El libro anterior, ¿A quién estamos dejando morir?, planteaba situaciones futuribles, en cambio, Epidemiocracia se pergeña desde la experiencia previa de un sistema sanitario que ha colapsado porque ha puesto casi todo el peso de la pandemia en la red hospitalaria, dejando prácticamente marginados a otros componentes como es la atención primaria, que en realidad deberíamos haber implementado en mayor medida.

¿Si se hubiera potenciado la atención primaria el resultado hubiera sido otro?

Se podría haber amortiguado. Ningún sistema sanitario del mundo estaba preparado para una catástrofe pandémica. Ahora bien, en España, si la ley de salud pública del 2011 hubiera estado bien implementada y no tan mal desarrollada como lo está, nos habríamos dado cuenta antes de que hubo transmisión comunitaria y la actuación habría sido más rápida, evitándonos muchos problemas. También hubiéramos aminorado el impacto con una atención primaria que llegara a todos los sectores de la sociedad y aquí hago especial hincapié en las residencias, que han sido muy azotadas por la Covid-19.

En época antigua, las epidemias eran algo prioritario, se habilitaban espacios de aislamiento y se combatía con los recursos y los conocimientos a su disposición. ¿Cómo es posible que una sociedad como la nuestra, con más conocimiento y más recursos haya llegado hasta este punto tan calamitoso?

Desde hace tiempo se viene advirtiendo de la llegada de una pandemia vinculada a una mutación del virus de la gripe común; al final, fue otro virus; aun así muchas de las cosas que en su momento se dijeron que causaría se han cumplido. De hecho, en la película Contagio ya se plantean muchos de los escenarios de estos meses. Nos enfrentamos a un problema epistemológico, concretamente a la disociación entre el conocimiento y la capacidad nuestra de convertir ese conocimiento en acto. Los países asiáticos han sabido afrontar con mayor acierto este problema, ya contaban con la experiencia del SARS que los azotó en el 2003. En cambio, en Europa la preparación era mínima, pues todo esto se veía como un futurible. Aquí está el problema. Si queremos hallar una solución a largo plazo, tenemos que cambiar una serie de elementos base de nuestro sistema que hacen a las epidemias potencialmente expansivas: nuestra capacidad para invadir ecosistemas, los transportes masivos de larga distancia y la constante presión sobre nuestros sistemas públicos de salud. Espero que ahora nuestra situación cambie de raíz, aunque, siendo sincero conmigo mismo, dudo mucho que ocurra. Se dice que tras lo acontecido el turismo masivo disminuirá, quizá ciertos gobiernos modifiquen ciertas políticas relacionadas con el turismo masivo, pero en términos generales regresaremos a las prácticas anteriores a la Covid-19.

Defienden que las ciudades bien construidas y acondicionadas son un salvoconducto seguro contra las enfermedades de posible carácter pandémico.

La pandemia nos ha enfrentado a un dilema que contradice lo defendido por la teoría urbanística y de salud. Las ciudades construidas con un eje norte-sur, donde la zona norte está destinada a la acción laboral y la sur se reserva como lugar de residencia, han aumentado la propagación del virus. Estas ciudades son sostenibles en términos de reparto de recursos medioambientales y atención de enfermedades crónicas, pero durante la pandemia nos incrementaron los problemas. Nosotros defendemos en el libro una mayor participación de lo público y lo estatal para conseguir lo que en Francia llaman la “Ciudad de los 15 minutos” y abandonar definitivamente el planteamiento de la ciudad de hora y cuarto. Para ello, las personas deben disponer de todos los bienes y servicios, al igual que su puesto de trabajo, en un radio de 15 minutos andando desde su casa. Para lograr esto, además es crucial que los medios de transporte circulen con más periodicidad para evitar aglomeraciones de personas.

portada epidemocrac ed 1¿Cree que la Covid-19 democratizará el sistema sanitario y reforzara su carácter público?

Se pondrá una suerte de espejo retrovisor que nos recuerde lo sucedido. Durante los próximos 3 o 4 años, y no creo que ningún partido sea de cualquier ideología debata esto, nos darán una vacuna presupuestaria que nos permitirá realizar una serie de cambios, sobre todo, porque llevamos muchas décadas sin modificaciones necesarias; espero que la coyuntura de la Covid-19 permita ahondar en los cambios. Ciertos sectores sanitarios marginados, como la atención primaria y el sistema epidemiológico, adquirirán mayor legitimidad de acción. Si no es ahora, no sé cuándo puede ocurrir.

Durante la pandemia hemos escuchado en los medios de comunicación los nombres de Amancio Ortega y de Bill Gates por sus actos filantrópicos, pero resulta que nadie da nada gratis.

La manera más altruista de hacer una donación es desde el anonimato, sin nombres ni apellidos, sin publicidad. Bill Gates y Amancio Ortega representan dos niveles de ayuda y de beneficio diferentes: por un lado, Bill Gates y Melinda Gates, a través de su fundación, se han convertido en la mayor empresa privada que financia a la OMS. Pero detrás de su “filantropía” se esconde una agenda económica, que liga a la OMS con la consultoría McKinsey, la cual obtiene jugosos contratos. En conclusión, la economía vuelve a imperar sobre la salud humana. Por otro lado, Amancio Ortega y Patricia Botín juegan en un nivel nacional. Aprovechan los déficits del sistema, un sistema que depende de estos mega ricos para cubrir una serie de carencias, donando dinero o proporcionando tecnologías que deberían ser implementadas por el estado. No estoy en contra de las donaciones, por supuesto que estas donaciones pueden ser útiles sin ser polémicas. Pero para evitar el filantrocapitalismo, las donaciones tienen que estar sujetas al anonimato más absoluto, a la pulcritud fiscal y laboral del donante y a la no finalidad. Íñigo Errejón lo dejó bastante claro: “si uno quiere dejar propina, perfecto, pero antes debe pagar la cuenta”.

Dicen los medios de comunicación que el virus no discrimina por clase, sexo o condición social, cosa que desmitificáis en el libro.

Este discurso enarbolado las primeras semanas fue una interpretación grosera del concepto de interdependencia; no podemos afirmar que la situación es igualitaria cuando Jennifer López realizaba vídeos en el jardín de su mansión, mientras que en Villaverde Alto una familia de 9 personas vivía en 80 m2, durante el confinamiento. Una vez agotados los argumentos del discurso, todos necesitamos ver la dura realidad: la Covid-19 afecta a unas personas más que a otras y además estas personas también se ven gravemente perjudicadas por otras crisis como la climática o la sanitaria.

La pandemia ha desvelado que hay preferencia dentro de la ciudadanía: ciudadanos de primera, de segunda e incluso de tercera clase, o como lo llamáis vosotros, preciudadanos y postciudadanos, ¿Aquí es donde mejor vemos el juego capitalista?

Por supuesto. La capacidad productiva determina la pertenencia de un individuo a una categoría u otra. Durante la crisis sanitaria a los niños, preciudadanos, no se les ha considerado sujetos de derechos propios, sino que han sido ligados a los derechos de los padres. A los postciudadanos se les ha desvinculado de ciertos derechos fundamentales, como el de la asistencia sanitaria normalizada, relegándoles a las residencias. Durante la desescalada se mantienen estas categorías, ya que una persona podía ir y sentarse en un bar, sin mascarilla, para hacer una serie de consumiciones, pero no podías sentarte en el banco de un parque con la mascarilla puesta a charlar con un amigo. ¿En el bar no nos contagiamos y en el parque, sí? Se insta a que la gente permanezca confinada en sus casas, pero no se hacen campañas del mismo tipo para los turistas. La pandemia nos ha evidenciado el conflicto capital-vida.

Entonces, ¿esos primeros discursos, que decían que los únicos que tenían que estar preocupados eran las personas mayores o con enfermedades crónicas y que para el resto de la ciudadanía la Covid-19 causaba los mismos síntomas que un resfriado común, eran chivos expiatorios?

Externalizamos nuestros miedos y nuestros riesgos a las personas vulnerables. El discurso reduccionista es falso por dos motivos: el primero, el número de gente joven afectada gravemente es muy bajo, pero hay un pequeño porcentaje, que si logramos evitar, mejor; el segundo, las personas mayores se han sentido muy vulnerables, les hemos transmitido que si cogían el virus era muy posible que murieran, cuando en realidad el porcentaje de muertos, mayores de 80, es de un 20%. A mi consulta aún acuden personas mayores con miedo a la Covid-19 y que llevan sin salir de casa desde que se iniciara el confinamiento. Ahora, nuestro deber es sustituir ese discurso por otro en el que se muestre nuestro total compromiso con su protección.

En su libro hay un apartado importante destinado a la vigilancia médica en situaciones de pandemias o epidemias. La crisis sanitaria ha vuelto a sacar al escenario el debate entre libertad, privacidad, seguridad individual, vulneración de nuestros derechos e intimidad. ¿Quién se encarga de manejar los datos de la vigilancia?

La pandemia nos ha mostrado otros métodos de vigilancia que incluyen innovaciones tecnológicas y que juegan con los límites de lo que consideramos aceptable socialmente. Los ciudadanos disponemos del derecho de saber quién gestiona esa app. En caso de que la gestión esté en las manos de una entidad privada, tendremos que estar muy alerta por la posible mercantilización de los datos; si la app está gestionada por lo público, nuestro derecho a saber qué datos son tomados tiene que estar muy presente. Otra cuestión crucial tiene que ver con la recogida y la liberalización de los datos. Por ejemplo, en Australia, la app encargada de gestionar el control de la pandemia funciona por Bluetooth; la aplicación se activa cuando dos individuos se acercan el uno al otro y recoge la información. En caso de que uno de los usuarios dé positivo, primero se le pide permiso para liberar los datos, recién los epidemiólogos empiezan a trabajar. Hay países, como Corea del Sur y Singapur, que a diferencia de Europa, emplean la geolocalización. En esto observamos que algunas sociedades celan más de su privacidad que otras, más tolerantes con el control que un gobierno pueda establecer.

¿Dónde están los límites a la vigilancia?

Establecer los límites pasa por vincular los mecanismos de control a una titularidad pública; enseñar a la población que tipo de datos se recogen porque, claro está, no es igual que la app almacene en su base de datos con quién nos hemos cruzado por la calle, a que también acceda a la hora y el lugar. La salud pública ya cuenta con un historial amplio en cuanto a la vulneración de las libertades individuales se refiere; no podemos germinar nuevas desconfianzas.

¿Los medios de comunicación están estigmatizando la vigilancia?

Diría que todo lo contrario, es más, me da la sensación que ciertos medios pecan de un excesivo afán tecnológico. De hecho, se ha popularizado un discurso que vanagloria el buen hacer tecnológico. Por supuesto, también hay medios que han mostrado preocupación y reserva respecto a la vigilancia tecnológica. Supongo que todo depende del editorial que haya detrás: los medios con un mayor compromiso con las libertades individuales y colectivas velarán por la libertad, en cambio, otros más adentrados en el factor mercado guiñarán el ojo a las tecnologías.

En el libro se refieren a una competencia científica y a una aceleración del método científico, ¿cómo afecta esto a la fabricación de la vacuna?

Es cierto que estamos volcando todos los esfuerzos en investigación en una cosa concreta. También es cierto que el aumento de la velocidad nos va a obligar a revisar con lupa todos los artículos científicos relacionados con la vacuna. De momento, los artículos que se han publicado sobre la vacuna muestran evidencias blandas. Cuando la situación evolucione y dispongamos de la primera vacuna, tenemos que concienciarnos de que no va a ser la mejor, porque la ciencia también tiene sus limitaciones. Quizá la primera vacuna no provoque efectos secundarios importantes en una pequeña muestra de vacunados, pero con la Covid-19 estamos hablando de una vacunación universal que podría producir efectos secundarios importantes a una persona entre un millón, pero esta persona también importa. En fin, la generación de una vacuna con la aceleración y el contexto actual nos obliga a ser más rigurosos.