Vicente Luis Mora: "En Europa la mirada al pasado se está cargando de ideología"

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“Centroeuropa” recrea fielmente el paisaje de una de las regiones más conflictivas históricamente del viejo continente

 

Central Europe proposal 2

 

 

Texto: David VALIENTE

 

Los caminos de la literatura son inescrutables, y te das cuenta de ello contemplando las diversas formas que una historia tiene de presentarse ante un escritor. Muchas veces los escritores no necesitan salir de casa para que un paisaje o una idea golpee sus mentes y los transforme en obsesos; una tortura que no tendrá fin hasta que se sienten delante del teclado para crear un mundo nuevo: “a lo largo del día me vienen muchas ideas, que acabo descartando, sin embrago, cada cuatro o cinco años, una historia aparece tan diáfana y permanente, que la única forma de librarme de ella es escribiéndola”, me comenta Vicente Luis Mora, escritor y crítico literario, que acaba de publicar su última novela, Centroeuropa (Galaxia Gutenberg). En su mente estaba la mosca zumbona de las ideas, picoteándole con insistencia para que ningún acontecimiento de los imaginados quedara fuera de la historia. Solo le faltaba el paisaje, el ambiente donde la trama se intrinque convenciendo al lector de que los hechos, si no sucedieron en la realidad, al menos tienen un principio y un final en una pseudorealidad paralela. “En esos momentos estaba leyendo Ante la tormenta de Theodor Fontane, un texto que junto a la brillante introducción de Helena Cortés, fue una fuente de documentación muy valiosa”, afirma Vicente Luis Mora, que encontró su paisaje en la lectura de 1400 páginas de pura literatura realista.

Sin duda, su nuevo libro recrea fielmente el paisaje de una de las regiones más conflictivas del viejo continente, a través de la mirada de un vienes que esconde un pasado calificado de poco decente. En su nuevo hogar, Centroeuropa, adquirirá una casa con un patio cargado de misterio y se aclimatará en una sociedad que lo recibe con los brazos abiertos.

CentroeuropaPrecisamente, Centroeuropa carga a sus espaldas desastres, guerras, genocidios, movimientos de fronteras. Miedo. A muchos se nos eriza la piel cuando recordamos ciertos capítulos de la historia soterrada bajo la calmosa llanura y los límites arbóreos de la Selva Negra, pero a su vez nos estremecemos de pasión si leemos la generosa genialidad de Goethe cuando canta en sus poemas a esa tierra que lo vio nacer y crecer literariamente. Es un paisaje ideal para hablar de espíritus del pasado, de la muerte, pero, sobre todo, para adentrarnos en las complicaciones de la vida humana.

En las primeras páginas de la novela, Redo, el protagonista y narrador, divaga sobre el principio verdadero de la vida humana, afirmando que la vida no comienza con el nacimiento de la persona… Entonces, ¿cuándo comienza la vida del ser humano?

La historia real de una persona comienza cuando se contrastan dos relatos fundamentalmente: el relato que nos forjamos de nosotros mismos y el relato que el resto se hace de nosotros. Aunque mucha gente confunde la personalidad con identidad, en realidad no se percatan de que la personalidad está incluida dentro de la identidad, al igual que lo están el relato que nos hacemos de nosotros mismos y el relato moldeado por la gente de nuestro entorno. Por lo tanto, la identidad es un problema de relato causado por la disparidad que se crea al contraponerlos. Asimismo, iniciamos nuestro propio relato en la adolescencia, con esas conversaciones muchas veces banales, pero de gran importancia para forjar el carácter. En la novela, era muy importante mostrar al lector este proceso de creación a través de su protagonista, Redo. Quería que construyera un relato de naturaleza compleja en el que, además, hubieran hechos ocultados adrede. Por este motivo, incluí notas a pie de página de una traductora ficticia, (un homenaje a Helena Cortés), que nos advierte de que no todo en el relato es real.

“La vida está llena de tonos graves y tonos más graves”, dice Redo. ¿Y el tono agudo?

El tono grave revestía una particular solemnidad y era una característica inveterada del siglo XIX. También cumple su función polisémica, por ejemplo, una enfermedad puede ser muy grave. En este sentido, guarda cierta relación con el tono agudo mucho más vinculado a las crisis y a la cercanía con la muerte. A lo largo de la novela, Redo dice cosas similares a estas, aunque su espíritu es bastante optimista: pese a todas las dificultades, sigue adelante, no se rinde.

Por lo general, cuando hablamos de realidad aludimos al momento presente e indefectiblemente al pasado por conducirnos a nuestra actualidad, pero usted añade el futuro dentro de la realidad, ¿cómo es posible?

En la novela, se desarrolla un presente ficticio cuyo futuro conocemos, por eso lo entendemos con cierta complejidad. Para lograr un futuro con mayor carnalidad, Redo tenía que encontrar unos cadáveres pertenecientes a una época de la historia que los lectores conocen, pero que el protagonista, no. Epistemológicamente, las personas del pasado y las del futuro están muertas, solo viven los personajes del presente. De esta forma hago referencia al libro de Juan de Mena, El laberinto de la fortuna, donde se representan las ruedas del pasado, del presente y del futuro. La única que se mueve es la rueda del presente, mientras que las otras dos permanecen inmóviles, es decir, las personas del presente están vivas, pero las del pasado y el futuro están muertas, y la paradoja reside en que las muertes del futuro ya tengan cadáveres.

Da la sensación de que Centroeuropa es un territorio maldito y en constante déjù vu.

La historia de Centroeuropa es perfectamente extrapolable al resto del continente, aunque los periodos entre guerras aminoren esa sensación. Si bien es cierto que nos adentramos en un territorio complejo por diversos factores como la ubicación geográfica y la cantidad de recursos naturales que ofrece, a lo largo de la historia, también ha sido objeto de querencias y fuertes problemas de identidad geopolítica. Durante siglos, el territorio se compuso de pequeños Estados dirigidos por diferentes gobernantes, una atomización muy contraria a la corriente de aglutinamiento territorial que se produjo a partir del siglo XV. La descomposición del Sacro Imperio Romano Germánico aventó cruentas batallas que tenían su origen en la ambición de príncipes y reyes, que ansiaban ocupar el espacio de poder vacante. Muchos factores impidieron que la paz no llegara hasta 1945, y que la reunificación no fuera posible hasta 1990.

A su vez, a Centroeuropa lo rodea un halo mágico.

Eso mismo pensaban los románticos alemanes, que intentaban dar voz a todos los espíritus habitantes de las llanuras. Poetas tan reconocidos como Goethe, Schiller o Novalis reivindicaron en sus escritos el Volkgeiste, es decir, el Espíritu de lo popular, lo enigmático y lo soterrado. Esta idea caló tan profusamente que muchos juristas vindicaban una forma de interpretar las leyes más cercana al pueblo germano y con menos tintes de la jurisprudencia romana, a la que consideraban extranjera. En literatura, lo romántico nos permite hablar de fenómenos reales de forma más profunda, explayándonos en la reverberación que la racionalidad produce en nuestra mente. De todos modos, lo racional se complementa con lo irracional, con nuestros sueños, miedos y anhelos; por ello, deliberadamente, he querido que la novela caminara entre lo romántico y lo neoclásico.

Usted nos retrata una tierra bañada en muchas sangres, en cambio la gente que la pisa es muy amistosa y acogedora con los extranjeros.

Esto se debe a mi optimismo antropológico. Olvidamos que parte de nuestros abuelos emigraron a Alemania. Fueron recibidos de diversas maneras, pero se quedaron, obtuvieron recursos y desarrollaron sus vidas. Siempre va a haber hospitalidad para las personas que quieran progresar, que deseen trabajar, mejorar su situación personal y la del país receptor. La inmigración genera miedo y dolor, sin embargo, creo que generalmente los países dan muy buena acogida a los inmigrantes.

¿Cómo definiría el espíritu germano?

No me atrevo a definir el espíritu español, muchos menos me voy a atrever con el germano. Y, quizá, el espíritu nacional no existe, o al menos no responde a las interpretaciones actuales. Muchas veces hablamos de Europa y Centroeuropa sin pensar en las etiquetas que llevan aparejadas. Uno de los objetivos del libro es este: repensar e incitar a que la gente piense estas etiquetas.

¿Y qué significado tiene para usted Europa?

Siento a Europa como una región de afinidades, donde siempre me encuentro en casa. Lamento los acontecimientos de estos últimos meses entre otras cosas porque nos han vuelto a encerrar dentro de nuestras fronteras. Es bueno salir y contemplar el exterior aunque solo sea para apreciar lo que tenemos en casa o mejorar aquello que flaquea en nuestra sociedad. Comparar los perfiles es un ejercicio muy sano, por muy bien que nos vayan las cosas, siempre hay aspectos mejorables. Europa, entendida como globalidad, nos sirve, entre otras cosas, como espejo en el que poder mirarnos y, por supuesto, pensarnos.

¿En Europa miramos al pasado con afán de aprender o por el simple hecho de mirar?

En Europa la mirada al pasado se está cargando de ideología y esto, bajo mi punto de vista, es bastante nefasto. Olvidamos el antiguo adagio que nos insta a mirar atrás con ganas de aprender de los errores para no volver a cometerlos; y, por el contrario, hemos perdido la voluntad crítica que nos acerca a la justicia. En suma, deberíamos mirar con ecuanimidad, ganas de aprender y justicia.

Entonces, ¿ese muro que usted dice que se construye alrededor de la casa de Redo está construido en Europa?

Nuestro muro se compone de los ladrillos del “miedo a mirar”. Evitamos los follones apartando la mirada. Con esta novela, me he atrevido a mirar directamente al estómago del monstruo, a los baños de sangre vertidos en Centroeuropa. Esa ha sido mi apuesta, ser digerido por el estómago del monstruo. Me considero optimista, razón de más para crear una novela esperanzadora. Aún con los baños de sangre, se aprecia a personas con afán de buscar soluciones reales y pacíficas que nos permitan vivir con tranquilidad. Sobre todo, soluciones justas, porque la realidad es que la justicia contenta a la mayoría de las personas.

Hay una escena reveladora y creo que de actualidad: Redo, un miope, de pronto encuentra unas gafas y se las pone; comienza a ver el mundo nítidamente, ¿qué importancia tienen esas gafas en plena pandemia?

La manera de mirar el mundo es crucial para entender quién eres y por qué tienes esa forma de relacionarte con el exterior. El problema con la pandemia es que nos ha obligado a mirar la realidad a través de unas google glasses. Disponemos en la red de una larga lista de videos y fotos manipuladas, pero nuestra ética tecnológica no es tan sólida como debería ser. Me preocupa que esas gafas telescópicas, que nos han impuesto, nos dejen indefensos ante las manipulaciones, y a la hora de tomar decisiones nos veamos exaltados a actuar impulsivamente, sin la meditación y la tranquilidad que requieren las situaciones críticas. Con esto no quiero decir que la sociedad no deba reaccionar a lo que acontece, pero, desde luego, nuestros actos no deben de producirse en caliente, y da la sensación de que mucha de la información que consumimos busca deliberadamente enardecer el ambiente.