“El mayor defecto de España es su endémica desconfianza en misma”

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texto REDACCIÓN  foto P. COSANO / ANAYA

En las navidades de 2012, el cadáver de un joyero que se dedicaba a la compra-venta de oro aparece entre los contenedores de una calle de Madrid. Y, de hecho, no se trata del primer miembro de ese gremio que sufre tan peluda suerte en los últimos meses, con lo que el inspector Alarde deberá hacer ídem de sagacidad para descubrir al culpable y revelar si se trata de los actos de un psicópata o de un justiciero social en tiempos de crisis. Tal es el argumento de La regla del oro (Alianza), la obra que nos llevó a pedirle a Juana Salabert que contestara a nuestro Diccionario, cosa que ella hizo con notable dedicación.

 

Amor: El bien (o los bienes, pues hay muchas clases de amor) más preciado, el mayor don, el único antídoto verdadero contra el miedo a la muerte y el vértigo de las soledades humanas. Casi nunca estamos a su altura.

Baladí: ¿Qué sería de lo importante sin lo nimio? A veces, las mejores cosas de la vida pueden parecernos a primera vista baladíes... Me gusta el término, que fonéticamente me remite a una musicalidad de campanilleos felices. A la fuerza oculta del detalle y el instante.

Crisis: Pérdida de muchos y oportunidad de lucro de unos pocos. Puerta abierta casi siempre a lo peor de nuestra condición, por eso muchas de las crisis se han saldado con guerras e imperdonables genocidios.

Demonio: Después de Auschwitz más debemos temer a nuestros semejantes que a esa atávica sombra de empecinado algo patético, con o sin cuernos...

España: La más antigua nación política del continente y cuna de la novela. Rica en talentos, genio y anhelos a pesar de su mala suerte histórica, su mayor defecto es su masoquismo y una endémica desconfianza en sí misma. Ducha en disfrutes vitales y sobresaltos, exaspera, pero se la quiere sin remedio ni vuelta atrás.

Francia: La mejor y más civilizada de las Repúblicas y un país hermosísimo. Y laico, que no “aconfesional”, cosa que molesta por igual al islamo-fascismo y al necio relativismo cultural. La llevo como un regalo en mi corazón.

Galimatías: Nuestro ruido de fondo diario, donde se cuelan voces y discursos, invenciones e intenciones, el tedio de demasiados argumentarios olvidados de su argumento. A veces tiene su gracia.

Hombre: La mitad del género humano, simplemente. Ni más, ni tampoco menos.

Internet: Un camino de irás y no volverás que nos ha cambiado sin remedio y donde todo se junta y entremezcla, lo falso con lo certero, lo abyecto con lo generoso, lo fatuo con lo hondo, sin verdadera carga de profundidad. Tiene mil caras y ninguna, como ciertas deidades antiguas. ¿Cómo no echar un poco de menos las épocas en que nadie “creía” poder saberlo todo con un simple clic? Esas épocas donde el ego se exhibía en la intimidad... Reconozco que el correo electrónico, por ejemplo, me genera angustia. Por culpa, sin duda, de mi tendencia a cierta misantropía.

Juventud: Lo malo es que solo se la descubre en toda su espléndida intensidad cuando ya se fue. Entonces, en esa etapa, nadie se ve a sí mismo “viviéndola”.

Kilo: Una cómoda medida que a veces da disgustos y suele ser fuente de incumplidos buenos propósitos calóricos de Año Nuevo o cambio estacional.

Lluvia: El agua dulce más hermosa, caída del cielo como un regalo de simientes al paisaje. Las ciudades donde llueve con frecuencia son más vivibles que aquellas aplastadas bajo un sol inmisericorde.

Mujer: La mitad del género humano, simplemente. Ni menos (por mucho que les duela a los teócratas de la barbarie y demás machistas de otros pagos), ni tampoco más.

Novela: La patria más libre que imaginarse pueda. Y el mejor género de todos porque es un anti-género, sin reglas ni cortapisas, donde todo está permitido a condición de respetar una única condición no escrita, que no es otra que la de la verosimilitud. Es por ende el género de la modernidad y la complejidad.

Oro: Un metal de hermoso brillo y color que acumula demasiados significados simbólicos y desata peligrosas fiebres. Poseerlo equivale, todavía hoy, a tener el mango de la sartén del dinero, es decir, del verdadero poder. La mano que cuenta el oro nunca se sacia, y de ello y de otras codicias secretas trata mi novela policíaca La regla del oro, donde alguien, no se sabe si un asesino en serie, está matando a joyeros “comproro” en las navidades del 2012, en un Madrid golpeado por la crisis y los recortes.

Policíaco: Un género narrativo cuyo epicentro es el enigma del quién muere y quién mata, que permite entretener mientras se juega a arrancar máscaras de todo tipo... Tiene sus apasionados y sus detractores, pero no deja a nadie indiferente.

Quijote: Este maravilloso y supuesto “loco” que discurre con la elegancia de un Erasmo por los peligrosos caminos de una España bajo la tormenta de la Inquisición ha prohijado una grandiosa estirpe de modernos antihéroes. Es el personaje máximo, de sus andanzas venimos todos. Lamentablemente, se le cita casi tanto como se le desconoce.

Relato: El modo en que estructuramos nuestra extrañeza ante el hecho asombroso de estar vivos, de ser quiénes somos o creemos ser en el mundo que no se acabará con nuestro punto y final. Nuestra especie es relato cíclico.

Sexo: La gran ilusión liberadora de abandonar temporalmente las fronteras de nuestra piel, de ser uno y otro a la vez. La escritura persigue, en ese sentido, idéntico deseo. Pasa a convertirse en mercancía triste y sórdida cuando se trafican seres en su nombre.

Traducción: El empeño de conseguir interpretar una misma música mediante un fraseo diferente. “Reescribir” en otra lengua lo escrito por alguien sin traicionarlo en lo esencial es tarea de buenos embajadores de sensibilidades. Pero demasiados minusvaloran esas credenciales.

Universidad: Se desvirtúa su función si se la pretende únicamente cantera de reclutamiento empresarial, un lugar donde enseñar y aprender a pensar se convierte en factor secundario y las humanidades ejercen de meras comparsas al dictado de lo “útil”.

Valor: La otra cara del miedo. El “se le presupone” de las viejas cartillas militares es un notable ejercicio de fe. ¿En la obediencia antes que en el instinto de salvaguarda?

Western: Un género que no me cuenta entre sus incondicionales, aunque me entusiasmen algunos de sus títulos, como Sin perdón del gran Clint Eastwood.

Xenofobia: El mal de los imbéciles. Tal y como el antisemitismo, en alza, por desgracia, en los últimos tiempos en tantos ámbitos de nuestro espacio político, es el mal de los mediocres. Un venenoso y deplorable temor al “otro” que nos aboca a las mayores iniquidades. Sobran las pruebas.

Yo: Escribo ficción para librarme de mí y poder ser otros, una y muchos. El “yo” es un concepto que me aburre y procuro limitarlo a la intimidad. Sin embargo, me gusta leer diarios, autobiografías, no soy prejuiciosa ni dogmática. Pero ocurre que en mi caso la escritura representa el silencio del refugio, el juego excitante del escondite. Además, en un mundo donde el “yoísmo” se ha vuelto pandémico, ¿por qué tendría que contribuir a su casi siempre vano enaltecimiento?

Zozobra: La permanente inquietud en que nos desenvolvemos, como abejas atrapadas dentro de una campana de cristal observada por seres distantes desde algún misterioso universo paralelo... Esa es una de mis sensaciones más pesadillescas y recurrentes. ¿Acaso no hemos de pellizcarnos de continuo para comprobar que “de veras” estamos vivos o despiertos, aquí y ahora?