Un sueño de quinientos años

Hieronymus Bosch –El Bosco– es un genio invisible. Se han conservado cédulas, e incluso su registro matrimonial con una adinerada aristócrata. Pero ni una sola línea escrita por él sobre el significado de sus imágenes retrofuturistas, de esferas transparentes que transportan personas, mutaciones animales y surrealismo que cinco siglos después se convirtió en vanguardia. Pero lo más sorprendente es que sus delirantes imágenes tienen un inquietante aire verdadero.

 

En Un oscuro presentimiento (Siruela), el escritor de viajes holandés, hispanista y poeta Cees Nooteboom vuelve sobre sus pasos, cuando llegó por primera vez a España sesenta años atrás. Le sorprendió cómo se llamaba a los camareros con silbidos insolentes o cómo se convocaba al sereno a palmadas –cosa impensable en su país–, pero sobre todo le impresionó contemplar en el Museo de El Prado El carro de heno de su compatriota Hieronymus Bosch. La participación en un documental que conmemora los quinientos años de la muerte del pintor, que se estrenó a final de mayo coincidiendo con la inauguración de la gran exposición de El Bosco en El Prado, lo ha llevado de nuevo a ver el cuadro: “¿Era el hombre de 82 años capaz de ver lo que aquel joven de 21 años había visto en ese pasado ya inimaginable? Ha transcurrido más de medio siglo y me pregunto si soy capaz de mirar con los mismos ojos que entretanto han visto tantas otras cosas”. Noteboom viaja a Lisboa, Madrid y Holanda para volver a ver las pinturas de El Bosco y no deja de preguntarse con qué ojos verán sus cuadros los actuales jóvenes, que apenas tienen nociones de la Biblia, e incluso cómo lo habrán visto al paso de los siglos diferentes generaciones: antes de Freud o del surrealismo… El tríptico El Jardín de las Delicias, mirado en sus detalles, es una fuente inagotable de perplejidad: los peces vuelan, hay adoradores de una fresa gigante, se elevan escaleras hacia extraños cubículos, el infierno está lleno de instrumentos musicales, un hombre con cara de pájaro sentado en un retrete, un cerdo con tocado de monja, un cuchillo entre dos orejas gigantes, conejos vestidos y personas desnudas. Dalí es un párvulo.

Noteboom observa El Jardín de las Delicias varias veces, de cerca, con lupa, incluso en la soledad de la noche: “No existe nada más silencioso que un museo nocturno. Tus pasos suenan huecos, los cuadros que te encuentras por el camino te dicen algo, pero no oyes qué”. Pero no logra penetrar la piel del cuadro, no logra meter la cabeza en el enigma. Persigue sombras. Hay algunas pinceladas del gran escritor que es, pero no consigue meternos dentro del tríptico. Quizá nadie pueda hacerlo. Hay un hermetismo sarcástico en la manera de pintar de El Bosco. Los expertos suelen decir que su intención era moralizante: mostrar el infierno al que conduce la lujuria. Contribuye a esa idea el que perteneciera a una rigurosa congregación marianista y que el puritano Felipe II fuera ferviente admirador de El Bosco (reunió hasta siete cuadros suyos en El Escorial). Pero hay algo más que didáctica. Algo se escapa al frío análisis técnico. Cinco siglos después, sigue hipnotizando al que se detiene a mirarlo. ANTONIO ITURBE

 

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
términos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios