Manguel, curiosidad por la curiosidad

Hits: 5244

Una historia natural de la curiosidad (Alianza) es un libro hipnótico desde su portada, diseñada por Manuel Estrada. El ojo que nos mira desde la cubierta es muy distinto al del autor, Alberto Manguel. Sus ojos argentinos son azules indefinidos, a veces verdosos, y miran de manera intensa pero no exactamente directa.

Es de esas personas que te miran con fijeza al hablar, nunca de manera distraída ni dividida con el smartphone o aparato alguno. Pero es como si te traspasara y, mientras te está mirando, estuviera viendo mucho más lejos. Le pasa a la gente que lee mucho y sueña mucho, que más que observar imagina. Mientras tomábamos una copa de vino en una terraza de la Rambla de Catalunya, me decía que ha venido muchas veces a Barcelona, ha recorrido sus calles principales, la conoce a fondo… pero que en su cabeza sigue viendo Barcelona como la ciudad que visitó hace muchos años en Nada de Carmen Laforet.

Manguel, uno de los mayores expertos mundiales en historia de la lectura, arranca este viaje de literatura, reflexión y ensoñación afirmando que tiene curiosidad por la curiosidad. Se pregunta sobre el acto de preguntar. Algo que, nos cuenta, tiene raíces antiquísimas. Ya el patriarca Job se torturaba preguntándose: “¿De dónde viene la sabiduría?”.

La curiosidad tarde o temprano lleva al descalabro, desde Eva y su manzana. Por eso un curioso como Dante Alighieri acaba yéndose hasta el infierno a interrogar a sus torturados moradores. Manguel nos invita a visitar de nuevo la Divina Comedia y nos la muestra como una guía para la curiosidad junto a ese Dante que interroga a los pecadores de todo tipo y condición que se va encontrando en su viaje vertical: los círculos donde los aduladores están hundidos en una charca de estiércol, los estafadores en una de resina ardiente o los traidores en otra de hielo, cegados porque las lágrimas se les congelan.

 

 

Es un viaje que se bifurca en muchos a través del laberinto de las lecturas. Nos acompaña a lugares extraordinarios: visitamos uno de los primeros museos privados del mundo que monta Isabella d’Este, marquesa de Mantua que a final del siglo XV exhibía en un cuarto de su mansión obras de Rafael o Bellini. Pasamos por Montaigne, Dickens, Kafka, Julio César, Dostoyevski, Don Quijote… nos sube a la barca en la que el reverendo Lewis Carroll empieza a contarles a las tres hijas del doctor Liddell un cuento que terminará siendo Alicia en el País de las maravillas… un no parar.

Es un libro con pocas respuestas pero lleno de preguntas. Cada capítulo es una interrogación que lleva a otra: ¿Qué es la curiosidad?, ¿cómo vemos lo que pensamos?, ¿quién soy?, ¿qué hacemos aquí?, ¿qué hay después?, ¿qué es verdadero? Mientras no hallamos respuestas, los libros y las historias nos siguen ayudando a que las preguntas no cesen. Manguel nos cuenta que “los lectores de la Edad Media usaban La Eneida de Virgilio como una herramienta adivinatoria formulando una pregunta y abriendo el libro en busca de una revelación. Robinson Crusoe hacía algo muy similar con la Biblia para encontrar orientación en sus prolongados momentos de desazón. Cada libro puede ser un oráculo para el lector apropiado”.

Aunque no hallemos respuestas, cada vez que nos preguntamos algo nos acercamos ligeramente a su misterio. Y, en todo caso, siempre nos queda el placer de haberlo intentado. En palabras de Joseph Brodsky que recuerda Manguel: “El esfuerzo del aire / por prolongar la última nota al borde del silencio”. ANTONIO ITURBE