Hieronymus Bosch –El Bosco– es un genio invisible. Se han conservado cédulas, e incluso su registro matrimonial con una adinerada aristócrata. Pero ni una sola línea escrita por él sobre el significado de sus imágenes retrofuturistas, de esferas transparentes que transportan personas, mutaciones animales y surrealismo que cinco siglos después se convirtió en vanguardia. Pero lo más sorprendente es que sus delirantes imágenes tienen un inquietante aire verdadero.

 

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En Libros, secretos el editor y paseante Jacobo Siruela nos invita a seguirlo por algunas de sus obsesiones predilectas: los libros enigmáticos, como el Manuscrito Voynich, que sigue sin poder ser descifrado al paso de los siglos; o la teosofía, vinculada al esoterismo y fuente de inspiración crucial para maestros de la pintura abstracta como Mondrian o Kandinski. Nos acerca al mito del vampiro y nos cuenta que, aunque la palabra “vampir” no aparece impresa hasta el siglo XVIII en Alemania, ya los sumerios hablaban de muertos vivientes que volaban.

 

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Pocas experiencias más hipnóticas que plantarse ante un cuadro como El grito de Edvard Munch. Años antes de que Albert Einstein viera que la luz se curvaba por efecto de la atracción gravitatoria, en los cuadros de Munch la materia ya se ondulaba y se curvaba por la fuerza de la gravedad de las emociones. Sus pinturas nos sumergen en un mundo subterráneo de luz opaca, de percepciones alteradas, de colores combados y rostros que se vacían de rasgos, que tienen ojeras rojas, que no sonríen y a veces ni siquiera tienen boca y lo dicen todo con la mirada.

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Decía Thoreau, con su sabiduría de hombre austero, que “la luz que nos ciega es nuestra oscuridad”. Más de 150 años después, los físicos de partículas le dan la razón. Lo cuenta de manera fascinante en Capturar la luz (Atalanta) Arthur Zajonc, investigador y profesor de física que lleva años profundizando en las relaciones entre la ciencia, el arte y la meditación.

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