Relatos ganadores concurso "Vacaciones"

 

A continuación os ofrecemos los relatos ganadores del concurso "Vacaciones" que organizamos conjuntamente con la Escuela Cursiva de Penguin Random House Grupo Editorial.  

 

Vacaciones

Isabel Reviejo

1.

  ¿A nombre de quién hizo la reserva?

  María, María Martínez.

  María Martínez, ¿dos personas?

  Sí.

La camarera cogió un par de menús y pidió que la siguieran. Ella dio un codazo rápido a su marido, quien permanecía con la vista perdida en el suelo, y ambos se adentraron en el laberinto de mesas.

  Puede ser esta de aquí o la del fondo.

  La del fondo está bien, gracias.

Se sentaron. Era la mesa más apartada del salón; estaba en un lugar al que los camareros no podían llegar sin que por el camino al menos otros tres comensales les frenaran para pedir otra botella, otra cerveza, la carta de postres. También era la mesa en la que mejor podían esconderse de esos murmullos que les habían acompañado a su paso desde que llegaron a la ciudad.

  ¿Por qué has hecho eso? –le increpó él.

  ¿El qué?

  ¿Qué va a ser? Mentir. Además, ni siquiera se lo ha creído. 

Ella se encogió de hombros.

2. 

Caminaban a paso lento, ignorando la impaciencia de aquellos que pretendían adelantarlos. Al llegar a cada uno de los puntos marcados en su guía, ella escaneaba el monumento o edificio de turno de arriba a abajo, y aunque nunca hubiese estado allí, recordaba. 

Había pasado horas adentrándose en mapas de la urbe, imaginándose en qué calles iba a perderse, cómo iba a recorrer sus arterias hasta respirar el mar. Cerraba los ojos y soñaba con el día en que llegaría a esa ciudad que se le antojaba luminosa, de colores reflejados en mil cristales.  

En su cartografía no había contemplado lo que ahora la asfixiaba: las miradas de desaprobación, las pegatinas con mensajes que se le clavaban en el pecho, el sutil gesto de esa madre que había atraído a su hijo hacia sí al cruzarse con ellos. 

Una larga hilera de personas les acompañó hasta las puertas de un emblemático templo. Majestuoso. Inacabado. 

  ¿Es como imaginabas? –le preguntó él. 

No. No lo era. 

3. 

  ¿Seguro que quieres ir?

  Sí. Vamos. 

  No tenemos por qué hacerlo.

  He dicho que sí –cortó ella, adelantándose. 

Al llegar al lugar, la realidad se le rompió en pedazos. Fragmentos con velas, textos de despedida, teléfonos alzados, peluches que, quizá, ahora no tenían dueño. Y atravesándolo todo, el silencio, como un grito ahogado, a punto de romperse. Ella intentaba hilar, dar coherencia a esas piezas dispersas, que se arremolinaban con las trágicas imágenes que no había querido ver pero que su mente no paraba de recrear. Nada tenía sentido. 

Pasando por su izquierda y sorteando el cúmulo de personas, una mujer llegó al centro del círculo que se había formado alrededor de las ofrendas. Ella se dio cuenta de que también llevaba hiyab. La mujer se agachó para depositar un cartel entre las velas encendidas: “No en mi nombre”. 

Fátima cerró los ojos. No en mi nombre. No en mi nombre. 

 

Dos sillas y una sombrilla

Uxue Montero Muñoz

Desde que Miguel se jubiló iba los meses de verano con Rosa, su mujer, a Benidorm. Compraron un apartamento frente a la playa y cada mañana madrugaba para coger el sitio que más le gustaba: alineado con su portal y la isla. Ni un metro a la derecha, ni un metro a la izquierda. Allí plantaba la sombrilla y dos sillas hasta el mediodía.

El segundo año, después de tres semanas, se encontró una desagradable sorpresa: alguien ocupaba su trozo de arena, lo que le obligó a desplazarse hacia un lado. Enseguida supo que eran María y Antonio, también jubilados. Habían comprado un apartamento en su mismo portal.

Desde entonces madrugaba un poco más. Algunas veces encontraba su sitio libre y otras, ocupado. Si se cruzaban, las dos parejas se miraban, solo un segundo, con la barbilla alta y los ojos inmóviles. No se dirigían la palabra.

Un año más tarde, dispuesto a comenzar la temporada con una victoria, se encaminó a la playa antes de que el cielo clareara por completo, pero se topó con la sombrilla roja, aunque una sola silla. Al rato, María se instaló en el solitario asiento. No levantó la barbilla al verles y una cortina húmeda velaba sus ojos.

El siguiente invierno Rosa no superó una neumonía. En verano Miguel viajó a Benidorm, con la esperanza de que el sol evaporara su pena. Continuó la cruzada por el mejor sitio de la playa, con la silla tan solitaria como su corazón.

De vuelta a la ciudad un ictus le provocó una cojera incurable. Nueve meses después llegaba, de noche, al apartamento. Arrastraba la maleta y la pierna izquierda hacia el ascensor cuando se cruzó con María. Creyó que iba a decirle algo, pero él agachó la cabeza y siguió su camino. Había perdido. Ya nunca volvería a llegar primero.

A la mañana salió del portal con las manos vacías. A partir de entonces solo daría un corto paseo por la orilla y volvería a casa. Le sorprendió ver dos sillas, una ocupada por María y otra vacía, bajo la familiar sombrilla roja. Se le antojó descolorida; los años también habían hecho mella en aquel quitasol.

Cuando llegó a la orilla, María tenía la vista fija en él; le pareció ver una sonrisa divertida entre sus numerosas arrugas. Le devolvió la mirada y ella hizo un gesto con la mano hacia la silla vacía. Fingió no haberlo visto.

Al día siguiente la misma estampa: dos sillas, una de ellas libre. Dio media vuelta y en la primera tienda que encontró compró una bonita sombrilla de varios colores. Se dirigió con ella hacia María; sin mirarla y con gran esfuerzo cambió el guardasol pálido por el nuevo y se sentó en la silla desocupada.

Entonces sí, la miró. Se sonrieron, giraron la vista al frente y la perdieron en el horizonte, más allá de la isla.

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