NEGRO SOBRE NEGRO: Yakuzas metidos a detectives

 

texto ANTONIO LOZANO  foto ARCHIVO

El comerciante William Adams fue el primer británico del que se tiene conocimiento que pisara tierras japonesas. Corría abril de 1600 cuando el navío Leifde en el que viajaba echó el ancla en la isla de Kyushu con una quinta parte de la tripulación original que había zarpado diecinueve meses antes de Rotterdam. Inspiración para el personaje de John Blackthorne del best seller Shogun de James Clavell, Adams no fue el primer samurái extranjero por un estrecho margen de tiempo -tal honor recayó en Yasue, un esclavo procedente de Mozambique, al que los locales pensaron que sus dueños jesuitas habían pintado la piel por diversión- y pocos saben que su verdadero sueño fue otro y fallido: encontrar un corredor fluvial a través del Ártico.

Cuatro siglos después, el estadounidense Jake Adelstein alcanzaba una hazaña casi igual de peliaguda -si a Adams quisieron crucificarlo, él acabó recibiendo amenazas de muerte de la yakuza que lo obligaron a abandonar Tokio-: convertirse en el primer periodista extranjero del planeta en trabajar para un medio de comunicación japonés, concretamente el Yomiuri Shinbun, el periódico de mayor circulación del país. Si el nombre no les suena es porque la anunciada adaptación cinematográfica de sus memorias, Tokyo Vice (un título que, convendremos, no supone un prodigio de inventiva por su parte ni por la de sus editores, aunque es justificable en tanto que cubría la sección de sucesos), con Daniel Radcliffe al frente del reparto, sigue en el limbo de Hollywood (lo que quiere decir que Adelstein tiene aún pendiente su Shogun).

Lectura entretenidísima, con abundantes dosis de chulería simpática neutralizadas por sanas dosis de auto-ridiculización -un ejemplo: al acudir al lugar de hechos sangrientos y llamar a algunas puertas para intentar entrevistar a posibles testigos, le echaban con cajas destempladas al grito de “No me interesa su periódico”, tomándolo siempre por el encargado de las suscripciones-, regado todo ello con un humor socarrón que aligera la crudeza omnipresente, la obra es un descenso a los infiernos de la extorsión, el tráfico de personas o el asesinato que revela, además, un institucionalizado grado de corrupción en los estamentos políticos y policiales. Acostumbrados a un Japón de postal turística, de jardines zen, rituales del té y rarezas tecnológicas, cuyo submundo criminal solo parece aflorar en el cine de acción de facturación propia, mientras que a nivel literario (reedicion de clásicos y mangas aparte) poco más nos llega que la fantasía de Murakami y la nostalgia de Banana Yoshimoto, la visión sórdida de este gaijin provoca un cortocircuito de alto voltaje.

Ya sabíamos que, en asuntos turbios o perversiones, la mente japonesa podía llegar a ser muy retorcida, y si esto es cierto del ciudadano medio, ¿qué podemos esperar de la yakuza? Por ejemplo, esto: cuenta Jake Adelstein que, durante los años 1990, se desató una guerra entre las tres facciones mafiosas de la prefectura de Saitama; a saber, la Kokusui-ka, la Sumiyoshi-ka y la Inagawa-kai. Con 230 miembros y dieciocho oficinas-tapadera, la primera era la menor de ellas, pero sabía encontrar fórmulas de negocio más imaginativas que sus rivales. Si estos últimos enmascaraban sus tejemanejes ilegales (extorsión, prostitución drogas…) igual que el resto de sus pares por todo Japón, a base de abrir inmobiliarias y constructoras fantasma, la Kokusui-ka se decantaba más por abrir…agencias de detectives. Pero al menos ellos sí que trabajaban, aunque los métodos desdeñaban cualquier miligramo de ética profesional. Su especialidad consistía en casos de infidelidad. Tras elevar abusivamente la tarifa inicial acordada con el cliente, extorsionaban a la pareja que le ponía los cuernos, prometiendo revelar sus pecados si no aflojaba otra bonita cantidad.

Otra curiosidad que nos descubre Tokyo Vice es que, cuando se encontraba un cadáver sin zapatos ni calcetines (ni, obviamente, signos de violencia), los investigadores comenzaban estudiando la posibilidad de un suicidio. Igual que para los japoneses es de mala educación entrar en un domicilio calzado, también lo es hacerlo en la otra vida.

Por cierto, ninguna editorial japonesa quiso saber nada del libro de Adelstein. “Pisaba demasiados callos” declaró su autor.

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