NEGRO SOBRE NEGRO: Un cabrón inolvidable

 

texto ANTONIO LOZANO  foto ARCHIVO

Ted Lewis inauguró el “noir” británico moderno con ‘Carter’, que ahora recupera Sajalín.

Muchos tienen grabada la imagen en contrapicado de un Michael Caine apuntándonos con una escopeta desde el póster promocional de Get Carter (1971) de Mike Hodges. Va vestido con un traje que se diría que se lo acaban de ajustar en una sastrería —no faltan el chaleco, los gemelos y un reloj caro—, mientras que su rasurado impecable y su repeinado cabello delatan una esmerada sesión de acicalamiento frente al espejo. El actor interpretaba a Jack Carter, probablemente el sicario más atildado y pulcro que ha tenido nunca la mafia inglesa, en las antípodas de esa chusma hortera, ruidosa y fanfarrona que, por ejemplo, se ha paseado por las películas de Guy Ritchie. Jack Carter, dueño de réplicas gélidamente burlonas que para sí habría querido James Bond, como cuando tras comentar que está de paso por la ciudad para visitar a unos familiares le dicen “ah, eso es bonito”, y él suelta “lo sería si estuvieran vivos”. En cambio, no tantos parecen recordar a su creador, Ted Lewis, considerado el fundador de la novela criminal británica moderna. Antes del éxito literario contaba por ahí con orgullo que había participado en el equipo de animación detrás de la película Yellow Submarine de los Beatles. Durante el éxito literario, fue reclutado como guionista de la serie televisiva Z-Cars, que seguía, con un realismo inusitado para los años 1960 y 70, el día a día de una patrulla policial en una ciudad inspirada en Kirby (Lancashire). Tras el éxito literario, llegó la pendiente. Jamás repitió el éxito de su segunda novela, Carter, titulada originalmente Jack´s Return Home y ahora recuperada por Sajalín en traducción de Damià Alou; le rechazaron un guión cinematográfico que podría haberle devuelto la gloria pasada, quedó devastado tras divorciarse de su mujer y murió con apenas 42 años por culpa de su amor desmedido por la botella.

Carter regala la que probablemente sea una de las peores frases de apertura en toda la historia del género negro: “La lluvia llovía”. A partir de aquí funciona como un tiro y con muchos tiros, pues el protagonista es de gatillo fácil. También ofrece un final antológico, a lo que quizá ayuda que ya no llueva, sino que luzca un sol tenue. Como en los westerns clásicos, porque si ha habido un western-noir-made-in-England ha sido este, Jack Carter regresa a casa —un lugar anónimo, “demasiado grande para ser un pueblo, demasiado pequeño para ser una urbe”, Newcastle en su primera versión cinematográfica— con el fin de ajustar cuentas. Llega en tren, no a caballo, lo que permite a su autor uno de los contados arranques líricos para embellecer un paisaje hipnóticamente horrendo, el del Averno industrial del norte de Inglaterra: “Un poco más tarde, el tren cruza una zanja y dobla una curva en dirección a la ciudad, una pequeña zona luminosa y concentrada de luz, y más allá y alrededor de esta puedes ver la causa de ese resplandor, la media docena de plantas siderúrgicas que se extienden hasta el borde de una hondonada semicircular de colinas, llamas que salen disparadas hacia el cielo —rojos suaves que palpitan en el interior de las acerías, el rojo blanco que chisporrotea en los altos hornos—, las estructuras de las fábricas que forman una mole negra que se recorta contra el resplandor colectivo: todo ello parece la versión Disney del Alba de la Creación”.

Dispuesto a averiguar quién ha asesinado a su hermano —versión oficial: cayó por un precipicio con su coche tras una ingesta salvaje de alcohol—, Carter se dedica a asomar por diversos antros —pubs, salones de billar, locales de juego clandestinos, prostíbulos disfrazados…— a observar, preguntar, amenazar, apalizar y matar en pos de su objetivo. Ted Lewis le confiere unos modos de cyborg o de soldado de videojuego, siempre en movimiento, a la caza, por lo general lacónico, al tiempo que da esquinazo o se saca de encima a los matones que le van saliendo al paso de cara a persuadirlo para que se largue, ya que está importunando a todos, sus jefes de Londres incluidos. Aunque la acción transcurre a lo largo de cuatro días, y hay saltos temporales para profundizar en la turbulenta relación fraternal, la sensación es que sus andanzas están filmadas en un solo plano continuo. Entre los elogios fervorosos a Carter de David Peace, James Sallis, Dennis Lehane y Stuart Neville, me quedo con el mensaje de este último: “Ha llegado el momento de que el mundo lo redescubra”. Un cabrón, como le espeta su casera, pero un cabrón inolvidable.

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