POESÍA: Isabel Pérez Montalbán: la vikinga que el mundo necesita

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Enrique Villagrasa

  

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Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Cada día estoy más convencido de que la poesía es femenina y más tras haber leído Vikinga (Visor), de Isabel Pérez Montalbán (Córdoba, 1964). Qué sabiduría e inteligencia audaz sobre la vida humana y de la existencia nuestra de cada día. Me recuerda la acidez brillante de Quevedo. Con un tono burlón, socarrón, da un repaso a todo lo que puede uno imaginar y más: desde la sociedad y sus circunstancias, a la mujer y al hombre, con sus otras circunstancias y soledades. La poeta ha aprehendido de la vida y se ha hecho su amante sagaz. Es capaz, en su versos, de rimar locura con amor y suicidio con esperanza. No es de extrañar que le concediesen el XLI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla. Isabel le ha dado brillantez al premio, que buena falta le hacía.

Vikinga 2¿Que de qué va Vikinga?, pues lo deja bien claro la ilustración de cubierta, de Teté Vargas-Machuca: una niña con falda, calcetines y sandalias, que se enfrenta al mundo con sus rodillas despellejadas y su tirachinas rojo. Cabe apuntar que el poema Calle Torremolinos explica el significado del título del libro: popularmente se les conoce como vikingos a los habitantes de dicha calle. Aunque por más duro que sea y lo es este poemario, hay belleza y calidad en sus metáforas aderezadas, esto sí, de fina ironía: “Y es todo que anochece en los suburbios,/ que anochece de veras sin remedio/ por el bosque tan frío de tus ojos/ mientras cenan lubina los poetas”.

El poemario, de 90 páginas, es memoria y lenguaje y está dividido en tres partes: El alma de la vida; Bellum in omnibus. Intertexto y Plano contraplano, más una breve nota primera de justificación del título y justificación de las notas aclaratorias de y sobre los poemas: siete páginas de pedagógica lectura: para entender y entenderse. Las tres partes tienen 9 poemas, algo extensos diríase, cada una. No obstante, poemas que no pierden ritmo ni intensidad: “Quería yo quererte sin mesura,/ amor de endecasílabo y pureza”.

Supongo que escribir un poema para Isabel Pérez Montalbán es poner los pies en la tierra y explicar los temas de su propia vida, pues dice lo que ve y lo que experimenta, ama y pierde. Poemas que son verdaderos dones de la noche: “La noche es un dolor en letra impresa,/ un grito alejandrino tan primario”. Poemas que llevan delantales de Salvador Allende; María Eloy-García; Wislawa Szymborska; Eduardo Galeano; Ana Rossetti; y citas de Marta Sanz; Kazuo Ishiguro; Denys Arcand; Slavoj Zizek; Gioconda Belli; Juana Castro; y María Rosal. Creo sinceramente que en este libro hay muchos sueños y desvelos: “Como una primavera libertaria/ que estalla en flores líquidas iguales para todos”.

Me parece oportuno señalar que en todo poema hay varios modos de conocimiento necesario: el crítico, el intuitivo y el de revelación y en el quehacer demiurgo se utilizan mayormente los tres a la vez: aunque, más el segundo y el tercero; y sería justo utilizar mucho más el primero como hace nuestra poeta: “Niños en su larvario igual que orugas párvulas/ o en las fauces ratonas de un loco Mickey Mouse/ o en las garras feroces criminales/ de Garavito o Chikatilo/ o entre las ingles de padres y curas:/ la santa iniciación a la catástrofe/ cuando dios es la fábula y un pañal se profana”.

Así pues, el sentido que deberían tener los poetas, la poesía que escriben, sería el darle voz al sentido oculto, como lo hace Pérez Montalbán, con todo su poderío: evocación y sugerencia: “Que se encienda mi hogar para la lumbre/ de un distrito sin límites y sin muros”. Los lectores lo agradecerán: “Poner en jaque al hambre y soltar las amarras/ del animal gregario que llevamos por dentro”. ¡Gracias por escribir, Isabel Pérez Montalbán, poeta justa y necesaria, con conciencia crítica para que despertemos de una vez!: “Amor mío, salvemos el mundo en este sitio”.                                                                                                      

CHERNÓBIL

Como el árbol tan solo de una estepa

que va dejándose morir de amor,

como mujer yacente tras los golpes

y astronauta perdido en polvo cósmico.

Como la noria quieta de Chernóbil.

Como un niño pregunta por el tapón del mar

y un techo de uralita sueña tejas de barro

y un arquitecto escala el viento con su lápiz

para que vivan altos los deseos.

Como muñeca herida de Chernóbil.

Como el joven suicida mientras cae al vacío

y el emigrante tan lejos recuerda todavía

el calor del brasero que alumbra su casa.

Y bosque uranio grafito boro ardiendo.

Como icono quemado de Chernóbil.

Y charco radioactivo de Chernóbil

y cine abandonado de Chernóbil

y una grieta en la tumba de Chernóbil,

así la soledad que pierde el norte

y nos mata, nos muere lentamente.

Así la soledad.