La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie

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LA NOCHE EN QUE PUDE HABER VISTO TOCAR A DIZZYGILLESPIE

Antonio Tocornal

ed. Aguaclara

200 pág., 12€

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el prólogo, el autor nos advierte que es extraño el ejercicio de hacer memoria. "Cuando uno lo practica, cree en un principio que debe procurar ser fiel a la realidad, hasta que se da cuenta de que es una empresa imposible". Poco sabemos del joven narrador que un día decide dejar Cádiz para hacer vida de inmigrante en París. Y después de décadas, el narrador reflexiona sobre su origen andaluz: "El precio que pagué por mi fuga fue alto: me convertí en una especie de apátrida, alguien a quien nadie reconoce como de los suyos, pero ese exilio era mil veces mejor que la falta de oxígeno que me hizo poner kilómetros de por medio". El autobiógrafo debe no solo decir la verdad, sino además hacer creíble esa verdad, interesar al lector en la narración y crear vida en las páginas que escribe.

Antonio Tocornal sale indemne del doble peligro que conlleva tratar momentos sacados de su experiencia personal. Por un lado, la narración autobiográfica suele tener poco interés argumental para los lectores, a no ser, como ocurre en "La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gippespie" que el autor haya experimentado una vida verdaderamente azarosa, lo cual no es corriente (Antonio Tocornal vivió diez años en París). Y por otro, la excesiva cercanía de los personajes tratados no deja al autor maniatado porque utiliza el humor, una calidez en las escenas narradas desde la distancia del recuerdo.

El narrador se aleja de las situaciones vividas en París y retrata los acontecimientos que marcaron un cambio de rumbo en su existencia, una chica que gastaba su sueldo en el vicio de pasearse en taxi por las calles de París en las noches de lluvia, un pintor neoconstructivista ruso que utilizaba una brocha un poco endurecida por el uso para pintar de azul la piel de Georgette, una mujer madura, que en su época de juventud fue modelo de Yves Klein, o el minúsculo restaurante donde se reunían artistas y vagabundos de toda índole que regentaba Amílcar, un chileno aindiado con pecho de toro, fanático de Chavela Vargas, que durante años escribió cartas a la artista mexicana hasta que el día menos pensado obtuvo respuesta. Hay capítulos que dejan con gusto a poco, como el 17, la historia de un fotógrafo y su relación con el vagabundo León, que le cuidaba el estudio donde dormía en la misma colcha en que se posaban las chicas que soñaban con ser modelos. Pequeños capítulos que te impulsan a continuar su lectura ininterrumpidamente. En la penúltima página se nos informa que esta novela fue tejida sin urgencias, entre los años 2013 y 2017, al ritmo en que los recuerdos fueron aflorando. Recuerdos pasados por el cedazo de la ficción. Solo así comprendemos su extraordinario contenido.

Rodrigo Díaz Cortez.